domingo, 29 de septiembre de 2013

DOS TEXTOS ENVIADOS POR ANTONIO CALI, DE "AGNESE LIBROS"


En la región de Mnar, existe un enorme lago de quietas aguas al cual no alimenta río alguno
ni fluye de él ninguno. Diez mil años atrás se levantaba en sus márgenes la poderosa ciudad de Sarnath, pero en la actualidad ya no existe ninguna ciudad.
Se cuenta que, en un tiempo remoto, cuando el mundo era aún joven y todavía los hombres de Sarnath no habían arribado a la región de Mnar, a orillas de aquel lago se elevaba otra ciudad: la ciudad de Ib, levantada en piedra gris, que tenía tantos años como el mismo lago y la habitaban seres cuya contemplación no era grata.
Tales seres eran muy extraños y desproporcionados, como en verdad corresponde a seres que pertenecen a un mundo sólo delineado, recién comenzado a moldear en forma tosca. En los cilindros de arcilla de Kadatheron se encuentra escrito que los pobladores de Ib eran, por su color, igual de verdes como el lago y las nieblas que se elevaban sobre él; que tenían ojos abultados, labios gruesos y blancuzcos, orejas extrañas y además, que no se hallaban facultados de voz. Está escrito, también, que provenían de la luna, de la cual habían llegado una noche sobre una gran niebla, junto con el enorme lago de quietas aguas y la misma ciudad de Ib, levantada en piedra gris.

                            LA MALDICIÓN QUE CAYÓ SOBRE SARNATH
                            del libro La Ciudad Sin Nombre y Otros Cuentos
                            H. P. Lovecraft




Ignea vive en un pueblo tranquilo, alejado casi 50 kilómetros de a gran ciudad. El ferrocarril lo cruza de lado a lado y en su reducido centro se levanta la vieja estación de trenes con la placita detrás. Son los lugares diarios de sus pasitos que parecen no tocar la tierra.
Su casa, ubicada entre mi oscura casona y los altos álamos del camino, se la puede distinguir con facilidad por las tejas rojas que componen el alero y esa chimenea siempre humeante.
Si a ella tuviera que describir, destacaría su sensibilidad y gran lucidez, una mirada viva que hace resaltar aún más los ojos, y ese inspirado apasionamiento, con un mundo interior rico, poblado de sabandijas y héroes, que son sus puntuales invitados nocturnos. Pero si hay algo que la diferencia de los demás chicos de su edad, es nuestra amistad.



Aquella noche, una tormenta de octubre se adueñó del pueblo, la luz de su habitación era la única encendida en la casa. Sus padres ya dormían, mientras ella visitaba vaya a saber qué extraño paraje.

                                                               AGUITO 
                                                               Jorge Rulfi – 1.990








martes, 24 de septiembre de 2013

INEVITABLE/ ANA MARÍA SERRA (De: "a las tres de la tarde"

                                                             Homenaje a Néstor Perlongher

 espejo espejito
                               la historia no se repite
la madrastra de Blancanieves
                               se durmió en la fantasía
               
                     la mirada escruta
                     el campo apergaminado

ejércitos de cremas
y pinturas alineadas
                 esperan la orden
de empezar la batalla       

espejo espejito
la magia no concede
                                la más bella  la más joven

la femineidad
-pájaro de mil colores-
                               voló hacia el pasado

en el devenir
gallinaza matrona
                               táctica y estrategia
se creó la máscara
                           y ganó el presente

                                                   
                                                      la mujereidad

domingo, 22 de septiembre de 2013

JUAN JOSÉ ARREOLA

Teoría de Dulcinea
En un lugar solitario cuyo nombre no viene al caso hubo un hombre que se pasó la vida eludiendo a la mujer concreta. Prefirió el goce manual de la lectura, y se congratulaba eficazmente cada vez que un caballero andante embestía a fondo uno de esos vagos fantasmas femeninos, hechos de virtudes y faldas superpuestas, que aguardan al héroe después de cuatrocientas páginas de hazañas, embustes y despropósitos.
En el umbral de la vejez, una mujer de carne y hueso puso sitio al anacoreta en su cueva. Con cualquier pretexto entraba al aposento y lo invadía con un fuerte aroma de sudor y de lana, de joven mujer campesina recalentada por el sol.
El caballero perdió la cabeza, pero lejos de atrapar a la que tenía enfrente, se echó en pos a través de páginas y páginas, de un pomposo engendro de fantasía. Caminó muchas leguas, alanceó corderos y molinos, desbarbó unas cuantas encinas y dio tres o cuatro zapatetas en el aire.
Al volver de la búsqueda infructuosa, la muerte le aguardaba en la puerta de su casa. Sólo tuvo tiempo para dictar un testamento cavernoso, desde el fondo de su alma reseca. Pero un rostro polvoriento de pastora se lavó con lágrimas verdaderas, y tuvo un destello inútil ante la tumba del caballero demente.


Eva

Él la perseguía a través de la biblioteca entre mesas, sillas y facistoles. Ella se escapaba hablando de los derechos de la mujer, infinitamente violados. Cinco mil años absurdos los separaban. Durante cinco mil años ella había sido inexorablemente vejada, postergada, reducida a la esclavitud. Él trataba de justificarse por medio de una rápida y fragmentaria alabanza personal, dicha con frases entrecortadas y trémulos ademanes.
En vano buscaba él los textos que podían dar apoyo a sus teorías. La biblioteca, especializada en literatura española de los siglos XVI y XVII, era un dilatado arsenal enemigo, que glosaba el concepto del honor y algunas atrocidades por el estilo.
El joven citaba infatigablemente a J. J. Bachofen, el sabio que todas las mujeres debían leer, porque les ha devuelto la grandeza de su papel en la prehistoria. Si sus libros hubieran estado a mano, él habría puesto a la muchacha ante el cuadro de aquella civilización oscura, regida por la mujer cuando la tierra tenía en todas partes una recóndita humedad de entraña y el hombre trataba de alzarse de ella en palafitos.
Pero a la muchacha todas estas cosas la dejaban fría. Aquel período matriarcal, por desgracia no histórico y apenas comprobable, parecía aumentar su resentimiento. Se escapaba siempre de anaquel en anaquel, subía a veces a las escalerillas y abrumaba al joven bajo una lluvia de denuestos. Afortunadamente, en la derrota, algo acudió en auxilio del joven. Se acordó de pronto de Heinz Wölpe. Su voz adquirió citando a este autor un nuevo y poderoso acento.
«En el principio sólo había un sexo, evidentemente femenino, que se reproducía automáticamente. Un ser mediocre comenzó a surgir en forma esporádica, llevando una vida precaria y estéril frente a la maternidad formidable. Sin embargo, poco a poco fue apropiándose ciertos órganos esenciales. Hubo un momento en que se hizo imprescindible. La mujer se dio cuenta, demasiado tarde, de que le faltaba ya la mitad de sus elementos y tuvo necesidad de buscarlos en el hombre, que fue hombre en virtud de esa separación progresista y de ese regreso accidental a su punto de origen.»
La tesis de Wölpe sedujo a la muchacha. Miró al joven con ternura. «El hombre es un hijo que se ha portado mal con su madre a través de toda la historia», dijo casi con lágrimas en los ojos.
Lo perdonó a él, perdonando a todos los hombres. Su mirada perdió resplandores, bajó los ojos como una madona. Su boca, endurecida antes por el desprecio, se hizo blanda y dulce como un fruto. Él sentía brotar de sus manos y de sus labios caricias mitológicas. Se acercó a Eva temblando y Eva no huyó.
Y allí en la biblioteca, en aquel escenario complicado y negativo, al pie de los volúmenes de conceptuosa literatura, se inició el episodio milenario, a semejanza de la vida en los palafitos.













miércoles, 18 de septiembre de 2013

ANTONIO DI BENEDETTO/ ESPEJISMOS

Sin boca
 
El loco se mira en el espejo y se saca la lengua. Piensa que el espejo se está burlando de él. Lo rompe.
Se arrepiente, a la hora de peinarse.
Sobre una mesa, fragmento a fragmento recompone el espejo, que queda casi completo.
El loco prueba a mirarse de nuevo y ve su rostro, pero no la boca (falta esa parte, que se pulverizó con el golpe).
Desde entonces, nunca más habla.


La seducción
El hombre logra en sueños lo que no logró despierto: seducir a una mujer carnal, perfumada y esquiva.
Lo despierta un golpe en las costillas: la esposa, que duerme con él, le ha hundido el codo en el costado.
Ha soñado que el marido se ha dejado seducir por una mujer carnal, perfumada y esquiva, a quien ella no conoce.


La duda
 
Lleno de soberbia, se dice que se encontrará a sí mismo, tal día, a tal hora, en tal lugar.
Cuando llega, comprueba que no está.
Desde entonces, duda que sea todopoderoso.


Crece…crece…
 
Le dije que no renunciara a su atractiva melena larga, que si se la cortaba sería mal augurio para lo nuestro.
Ella se la cortó.
Después murió y he soñado que volvía a mí con una cabellera aún más fascinante.
Escarbo en su tumba, donde lleva diez años. Extraigo el féretro y lo abro. Desborda una cabellera que no ha cesado de crecer.



 Reproche ético
 Cree haberse encontrado con su doble, que no es otra persona, sino él mismo, afuera.
Le encomienda las malas acciones, que el doble ejecuta sin mostrar descontento ni penoso esfuerzo.
Comprende que el otro no es un impostor, ya que ni siquiera es otro, sino su parte mala.
Sin embargo, tenaz en su inconformismo, sin hablarle le reprocha:
-Lo malo yo lo hago mejor.


La fidelidad
 
¿Quién podrá fiarse de las afirmaciones femeninas?
La sombra me promete: “Te soy fiel”. Y en cuanto no hay sol me abandona.



                                De: Cuentos completos








domingo, 15 de septiembre de 2013

EZEQUIEL PRADO/ EL HOMBRE SOLITARIO

    
 En la expansión de la arena, del mar, del cielo, camina el hombre solitario por la orilla junto a su sombra semejante.
      Hace unos cuantos años que mira de izquierda a derecha un solitario horizonte. No sabe que hace ahí, aunque si lo viéramos a simple vista subiendo y bajando los siete escalones de esa casa parecida a un mirador, donde obedece a un régimen en el  que debe  anotar rigurosamente el horario de la aurora y el ocaso, sin saber qué fin tienen esas anotaciones o quién se las ha pedido y si servirán de algo pensaríamos que lo que hace es el trabajo de muchos años de  estudio.
     El hombre solitario contempla el graznido de las gaviotas, mientras  unas mariposas revolotean  al alcance de su vista, escucha silbar al viento melodías monstruosas; sentado en la arena sin más actividad que mirar un mar con  leves arrugas azules, que expide  olas pequeñas, espumosas, que rebotan y se van dándole paso a las almejas que emergen  como topos para  recibir la luz de la tarde; algo dentro de él le dice que adentrarse a ese mar esta prohibido. Lo cumple.
  El hombre solitario, no piensa en su  soledad. Se acuesta, se despierta, camina, come, anota y vuelve a dormirse. Cumple con lo que le ha sido mandado, no siente asfixia o al menos no mucha, ni felicidad aunque a veces ríe, ni tristeza aunque por momentos llora, ni bendición aunque a veces agradece, ni desdicha aunque algunas  noches se sienta desgraciado. Después de anotar el ocaso se acuesta. Tampoco piensa si  él es el primero, o el último,  o cuántos habrán pasado por esa cama.
  El hombre solitario, después de anotar la salida de la aurora, espera, siempre ha esperado. Mientras camina por la orilla acompañado de su sombra semejante, se ha quedado mirando la llegada de unas tórtolas y unas inquietas golondrinas, que mirará por días y meses, y sentirá una abrumadora sensación, no de miedo, sino una inquietante desesperación en todo el cuerpo.
 El hombre solitario, es testigo por primera vez, quizás, de una aurora diferente,  desde el ventanal, inmóvil, empieza a percibir que ese rojizo horizonte que lleva anotando toda su vida, tiene una mancha oscura, grisácea, hueca, como una penumbra esférica parecida a un eclipse, sin ser exactamente un eclipse.
   Ante tal acontecimiento decide bajar, y lo hace a tientas por los siete escalones, momento en que descubre que han dejado de ser visibles para él. Perturbado se arrastra hasta la orilla a la que ha observado  desde siempre y a la que ha visto escupir reiteradas olas efímeras; ya no las ve, las toca, siente un vértigo intransferible, ya no lo acompaña su sombra semejante, se pregunta que si eso que él creyó algo distinto no es una regla más que debe obedecer. Se arroja de bruces sobre  la arena mojada, sus manos son alcanzadas por las espumosas olas que lo lamen.
   El hombre solitario, siente que como en el principio, en el final, tampoco hay nada.

De: Al otro es al que le suceden las cosas







  

                                       

viernes, 13 de septiembre de 2013

SILVINA OCAMPO/ CIELO DE CLARABOYAS


La reja del ascensor tenía flores con cáliz dorado y follajes rizados de fierro negro, donde se enganchan los ojos cuando uno está triste viendo desenvolverse, hipnotizados por las grandes serpientes, los cables del ascensor.
Era la casa de mi tía más vieja adonde me llevaban los sábados de visita. Encima del hall de esa casa con cielo de claraboyas había otra casa misteriosa en donde se veía vivir a través de los vidrios una familia de pies aureolados como santos. Leves sombras subían sobre el resto de los cuerpos dueños de aquellos pies, sombras achatadas como las manos vistas a través del agua de un baño. Había dos pies chiquitos, y tres pares de pies grandes, dos con tacos altos y finos de pasos cortos. Viajaban baúles con ruido de tormenta, pero la familia no viajaba nunca y seguía sentada en el mismo cuarto desnudo, desplegando diarios con músicas que brotaban incesantes de una pianola que se atrancaba siempre en la misma nota. De tarde en tarde, había voces que rebotaban como pelotas sobre el piso de abajo y se acallaban contra la alfombra.
Una noche de invierno anunciaba las nueve en un reloj muy alto de madera, que crecía como un árbol a la hora de acostarse; por entre las rendijas de las ventanas pesadas de cortinas, siempre con olor a naftalina, entraban chiflones helados que movían la sombra tropical de una planta en forma de palmera. La calle estaba llena de vendedores de diarios y de frutas, tristes como despedidas en la noche. No había nadie ese día en la casa de arriba, salvo el llanto pequeño de una chica (a quien acababan de darle un beso para que se durmiera,) que no quería dormirse, y la sombra de una pollera disfrazada de tía, como un diablo negro con los pies embotinados de institutriz perversa. Una voz de cejas fruncidas y de pelo de alambre que gritaba "¡Celestina, Celestina!", haciendo de aquel nombre un abismo muy oscuro. Y después que el llanto disminuyó despacito... aparecieron dos piecitos desnudos saltando a la cuerda, y una risa y otra risa caían de los pies desnudos de Celestina en camisón, saltando con un caramelo guardado en la boca. Su camisón tenía forma de nube sobre los vidrios cuadriculados y verdes. La voz de los pies embotinados crecía: "¡Celestina, Celestina!". Las risas le contestaban cada vez más claras, cada vez más altas. Los pies desnudos saltaban siempre sobre la cuerda ovalada bailando mientras cantaba una caja de música con una muñeca encima.
Se oyeron pasos endemoniados de botines muy negros, atados con cordones que al desatarse provocan accesos mortales de rabia. La falda con alas de demonio volvió a revolotear sobre los vidrios; los pies desnudos dejaron de saltar; los pies corrían en rondas sin alcanzarse; la falda corría detrás de los piecitos desnudos, alargando los brazos con las garras abiertas, y un mechón de pelo quedó suspendido, prendido de las manos de la falda negra, y brotaban gritos de pelo tironeado.
El cordón de un zapato negro se desató, y fue una zancadilla sobre otro pie de la falda furiosa. Y de nuevo surgió una risa de pelo suelto, y la voz negra gritó, haciendo un pozo oscuro sobre el suelo: "¡Voy a matarte!". Y como un trueno que rompe un vidrio, se oyó el ruido de jarra de loza que se cae al suelo, volcando todo su contenido, derramándose densamente, lentamente, en silencio, un silencio profundo, como el que precede al llanto de un chico golpeado.
Despacito fue dibujándose en el vidrio una cabeza partida en dos, una cabeza donde florecían rulos de sangre atados con moños. La mancha se agrandaba. De una rotura del vidrio empezaron a caer anchas y espesas gotas petrificadas como soldaditos de lluvia sobre las baldosas del patio. Había un silencio inmenso; parecía que la casa entera se había trasladado al campo; los sillones hacían ruedas de silencio alrededor de las visitas del día anterior.
La falda volvió a volar en torno de la cabeza muerta: "¡Celestina, Celestina!", y un fierro golpeaba con ritmo de saltar a la cuerda.
Las puertas se abrían con largos quejidos y todos los pies que entraron se transformaron en rodillas. La claraboya era de ese verde de los frascos de colonia en donde nadaban las faldas abrazadas. Ya no se veía ningún pie y la falda negra se había vuelto santa, más arrodillada que ninguna sobre el vidrio.
Celestina cantaba Les Cloches de Corneville, corriendo con Leonor detrás de los árboles de la plaza, alrededor de la estatua de San Martín. Tenía un vestido marinero y un miedo horrible de morirse al cruzar las calles.









martes, 10 de septiembre de 2013

AL ACECHO/ ANA MARÍA SERRA

Estaba sentada con la mirada perdida en el vacío cuando sintió el irresistible impulso de mirar sus manos. Recordaba que las había cruzado sobre su regazo cansada de no hacer nada y de no tener nada que hacer
Regordetas y cortas –incapaces de expresar emociones, como toda ella- cobraron en ese instante vida propia. A pesar de que su cerebro no les había emitido ninguna orden, se independizaron de su cuerpo. Descubrió deslumbrada que las manos se estilizaban: los dedos adelgazaron y las uñas se alargaron.
Luego, con gestos que imitaban a las aves que procuran su alimento, comenzaron a buscar nerviosamente en la caja de hilos y agujas que estaba sobre la mesita, junto al sillón en donde ella permanecía tiesa como un maniquí.
Como una intrusa que ha entrado por la fuerza para ver un espectáculo al que no fue invitada, miró atónita cómo las manos que ya no le pertenecían tomaban hilo, aguja y un pequeño retazo de seda.
Se le antojaron bailarinas que danzaban un mágico vals vienés. Acariciaron la tela, enhebraron la aguja con el hilo que se transformó en filigrana de oro y plata, y bordaron en un instante un pañuelo increíble.
La mínima prenda quedó suspendida en el centro de la sala. Instantes después, con movimientos etéreos fue a posarse sobre el brazo de un sillón.
Entonces las manos buscaron otra cosa. Estaban frenéticas, pero no perdían la fineza ni la gracia que las había poseído.
Ella, pobre mujer de vida chata, abúlica y resignada, miraba sin comprender
 
Al fin encontraron los objetos preciados y esgrimieron con triunfo la aguja de tejer crochet y más hilo. La tarea les demandó solamente unos segundos. Fue tan abrumadora para ella que se sintió mareada. Es que las manos parecían multiplicarse. Las veía por todos los ángulos: movían aguja e hilo como saltimbanquis enloquecidos.
Y tuvo ante su vista un chal que jamás hubiese imaginado, solamente digno de una reina. Hasta sospechó que estaba recamado de piedras preciosas, pues emitía destellos de aguamarina, ámbar y esmeralda.
Al igual que el pañuelo, el chal danzó unos instantes por la sala y luego fue a depositarse sobre el respaldo de otro sillón. Despedía un brillo tan intenso que sus ojos quedaron cegados por un momento.
Otra vez poseídos, los dedos hurgaron por más material para seguir trabajando. La mujer les dirigió una mirada temerosa. Revolvían con ímpetu; hubiese jurado que con rencor.
Solamente hallaron hilo macramé. Lo utilizaron para fabricar –siempre con una velocidad inverosímil- pulseras, aros, collares. De ellos brotaron mariposas, libélulas, rosas, azahares, todos labrados con complicados puntos.
Llego el momento en que el costurero quedó vacío. Exaltadas, las manos se volvieron hacia ella. Con mucha dificultad, puso su mente en acción. Repasó su vida de pasividad y conformismo como una cámara que “barre” imágenes de una película. Y se quedó quieta.
Ellas, prestas garras de fieras al acecho, buscaron la presa desprevenida.
Los vecinos la encontraron rodeada de maravillosas artesanías.

Sospecharon que por el tamaño de las heridas en su cuello, el autor de esa muerte era un animal salvaje.
                                         Del libro de cuentos "La trama engañosa"








domingo, 8 de septiembre de 2013

SOPLO/ AMELIA BIAGIONI



Algún mañana o nunca seré un hombre.
Diz que difícil que me dejen serlo.
En tanto soy un corto dios:
el que amansa los cuchillos del frío
y un algo ve lo que sucederá.

Sobre esta sal desparramada altura
de puna que perdió su poncho,
soplo en mi cuerpo-quena
para que sepa el sol que abrigo su camino.

Allá
detrás de la distancia
en suaves montes de amanecer
pinto con mis sonidos
los colores del primer sueño y sus vicuñas,
y en los atardeceres los despinto.

Cuando aparece noche regalada
no me devuelvo al mundo triste:
me soplo hasta perderme titilando.

Algún tal vez tendré una casa luna
que me cante navidad india y que me abrace,
de donde baje
a descubrir el río del pez de la vida.
Su galopar me ha de llevar al mar sin dueño.

Pero algún antes
conoceré lo que diz que es el árbol.
Caminando por el gran viento colorado
bajo los árboles del sol
a mis ojos vendrá:
torre de padre abierta en verde madre.

Me contará
que hace una larga procesión de tumbas mías
yo era copla razón y mando de esta tierra.

Me avisará –con soplo mío-
que mientras dure la filosa eternidad
en la sonrisa hay que pararse,
pues que en lugar que el olvido manda
la risa baila con la muerte.

Me hará crecer
el alma en ramas sin descanso
formando techo del grandor del territorio
para mi cantidad de mudas hambres.

Me enseñará las letras de los hombres
y a soplar sobre cumbres poderosa escritura
que nadie apague en el atardecer.


                              De Región de fugas

miércoles, 4 de septiembre de 2013

ACERCA DE LA POESÍA/ ANA MARÍA SERRA


La palabra “poesía” proviene del griego; el verbo poeio  significa “hacer”, “crear”. En la Grecia antigua el poeta era un creador y esa creación, como un proceso divino, le llegaba a través de las musas inspiradoras. Por eso cada texto en la antigüedad está precedido de una invocación a ese poder. Y por ello también, la poesía comenzó como hecho creativo a partir de su vinculación con lo religioso, con aquellos mitos creados para tratar de explicar las incógnitas que ofrecía la Naturaleza.
Surge entonces la poesía épica, que narra las hazañas de los héroes y que luego devendrá en la narrativa. Por su parte la poesía lírica –al igual que la epopeya- presenta ya desde sus primeras producciones una excelente calidad.
También el canto acompaña los trabajos cotidianos. Los cantos populares estaban asociados a las costumbres como una forma de culto y  como símbolo de los sentimientos personales.
El nombre de “lírica” se debe a que esa poesía se ejecutaba al son de la lira, y en la antigua Grecia encontramos lírica coral y canto individual.  Con respecto a lo propiamente literario, “lírica” significa “expresión de sentimientos”, “subjetividad”, y es así como hoy entendemos la poesía.
Expresar sentimientos con una finalidad estética, es decir, de la manera más bella, más elaborada. Esa elaboración ha significado, según las épocas y las modas literarias, a veces oscuridad, a veces, sencillez.
El poeta debe lograr utilizar el lenguaje para exponer su propio universo, al mismo tiempo que sugerir aquello que no puede exteriorizar, de tal manera que el poema supere las convenciones de la comunicación.
La palabra es una herramienta que logra comunicar lo que el lenguaje cotidiano no puede. Un poema expresa redes de oposiciones que demuestran el condicionamiento de la escritura ante las contradicciones propias del ser humano. Aunque muchas veces la poesía se manifiesta como un medio de liberación: se pueden estimular las facultades creadoras recurriendo a ciertos ejercicios que consisten en liberar al pensamiento del razonamiento silogístico o del espíritu crítico, dejando que la mente realice asociaciones libres, juegos de analogías, de metáforas, de oposiciones, etc.
Dice Jean Claude Renard en Lenguaje, poesía y realidad, que la inspiración está  compuesta por dos movimientos simultáneos que van, uno de adentro hacia afuera y el otro de afuera hacia adentro, para desencadenar entre sus polos una especie de descarga de donde procede la poesía.
El lenguaje se convierte en poesía cuando logra manifestarse de tal manera que lo diferencia del llamado lenguaje informativo. Una de las propiedades del poema es cuando la palabra es un medio que no solo cuestiona el lenguaje sino que también cuestiona el mismo poema. En consecuencia puede decirse que el lenguaje asume un carácter subversivo, al tener el poder de inventar nuevas significaciones que harán ver el mundo con otro enfoque.
Las imágenes en el poema expresan que el mismo texto nunca es ni todo error ni todo acierto, ni ausencia ni presencia, pero esa vacilación hace que el lector imagine que todo es posible.
Nietzche en el Origen de la Tragedia dice que “las imágenes del poeta lírico (…) no son otra cosa que él mismo y como diversas proyecciones de sí mismo”.
Para Chomsky, la creatividad del lenguaje poético no se limita solamente a producir frases nuevas y significaciones diferentes, sino que parece implicar la invención de sistemas de representaciones gráficas capaces de acentuar esa diferenciación, de actuar sobre la estructura de los vocablos muchas veces para modificarla; es por ello que refuerza el concepto de “arbitrariedad” del lenguaje.
Han pasado ya muchos siglos desde que los primeros poetas expresaran sus emociones; sin embargo, consciente de que el lenguaje es único instrumento que le sirve para comunicarse con sus semejantes y que deberá utilizarlo de la mejor manera posible, el poeta sigue sintiendo que el momento de creación es intransferible.











lunes, 2 de septiembre de 2013

"LA EXTRAÑA"/ ANA MARÍA SERRA

Ningún habitante de aquel pequeño pueblo conocía su verdadera historia, a pesar de que no se sabía cómo ni cuándo había llegado. La mayoría trataba de ignorarla, apretaban con fuerza las manos de sus niños cuando por casualidad pasaba junto a ellos o cruzaban de vereda cuando la veían acercarse. Se tejían terribles historias sobre su condición y se había corrido la voz de que pesaba alguna maldición sobre su persona.
Aislada en una pequeña casa de piedra –nadie sabía cómo o quién la había construido- sobrevivía gracias a la huerta y a los huevos de las gallinas que picoteaban despreocupadas entre hortalizas, legumbres y hierbas aromáticas que exhalaban un perfume irresistible, mezclado con algunos árboles frutales que completaban su único tesoro.
Lo que más llamaba la atención en ella eran las escamas de plata que le nacían en la palma de sus manos y se extendían hacia sus hombros, fenómeno que también se repetía a partir de sus pies y llegaba hasta las rodillas. Se notaba que no quería llamar la atención, pero hasta la ropa que usaba no era común; la mayoría de las veces, largas túnicas cubrían su cuerpo pero no ocultaban ni sus brazos ni sus piernas, aún en pleno invierno.
 El rostro era otra rareza; enmarcado por un cabello que caía en mechones separados, negros y muy brillantes,  tenía forma perfectamente ovalada, la tez marmórea, los ojos redondos y grandes, con el iris amarillo-naranja, ojos de gato sagrado, de esfinge egipcia separados por una nariz recta; la boca, grande, de labios prominentes, rara vez esbozaba alguna sonrisa. Era extremadamente alta y su andar, como sus modales, felino. La voz, grave, profunda, solamente sonaba para quienes se acercaban tímidamente a comprar algún producto de la huerta o para los más osados, los que se animaban a consultarla sobre qué clase de vida les esperaba. Ella siempre respondía con alguna historia a modo de ejemplo, y el visitante se iba habiendo logrado paz interior.
Esta última actividad fue la que despertó la curiosidad de muchos y la veneración de quienes se habían arriesgado a comunicarse con ella. Poco a poco corrió por el pueblo su fama de profetisa, hechicera, bruja. ¿Por qué tenía ese aspecto tan raro?; ¿usaba lentes de contacto para parecer más exótica?; ¿y las escamas?, ¿eran escamas o simplemente una malla de plata que cubría sus brazos y sus piernas? ¿De dónde venía? Estaba claro que de algún país raro… ¿Pero en qué país podría vivir gente tan diferente de nosotros? ¿Era cierto que hacía milagros? No, milagros no; pero sí puede predecir tu futuro y encima…no cobra. ¿Pero…y si son malas noticias, también te las dice? Trata de prepararte, de infundirte calma, es una buena persona, cuando la desgracia se acerca, ya estás prevenido y casi resignado. No sé… ¿te parece?, a mí me da un poco de miedo, sobre todo por esa cosa de las escamas. Acá hay mucha gente crédula y también gente a la que le gusta engancharse con lo estrafalario, lo anormal. Acordáte de lo que le predijo a Blanca... ¿Y acaso no se cumplió? Sí, lamentablemente al primer indicio Blanquita prácticamente huyó del pueblo y se fue a la gran ciudad para que los médicos le confirmaran esa enfermedad y la trataran. Dicen que se curó, pero ya ves, no volvió nunca más… y todos los del pueblo que trataron de ubicarla, fracasaron en el intento. No me gusta, yo no me prendo en eso.


Ella y su diferencia del resto de la humanidad encerrada en el pueblo que la sentía distante a pesar de su habilidad para cosechar productos exquisitos y de su don para predecir el futuro y encima, para prepararlos a enfrentar fatalidades.  La envidia, el prejuicio, el odio que iba corroyendo poco a poco a esos seres para quienes el concepto de vivir quedaba enmarcado por los límites de ese lugar  pequeño e incapaz de crecer,  como sus conciencias.  Y así, a medida que pasaba el tiempo, comenzaron a gestarse dos bandos, los adherentes y los detractores, y estos últimos triunfaron sobre quienes la defendían. Clamaron justicia, tramaron venganza, idearon un ser diabólico sobre el cual descargar sus frustraciones. Y un día marcharon hacia su casa de piedra, agitados, abotagados, exaltados y envalentonados –aunque muchos disfrazaban su miedo con gritos, antorchas y piedras en sus manos-, dispuestos a incendiar casa, huerta y hasta a la misma bruja, si eso fuere necesario.
Sin embargo, sufrieron una enorme decepción al llegar. No había ni casa, ni huerta ni pitonisa. Fascinados,  encontraron un gran desierto tapizado de escamas que brillaban como plata, a la luz de la luna.



                                                                                          Ana María Serra.-