lunes, 13 de noviembre de 2017

ANAMARÍA SERRA/ "EN LA METRÓPOLIS"

todos
agrupados como manada
los ojos fijos
en ningún lugar
no hay palabras   ni sonrisas

los autos las motos  los ómnibus  las camionetas
pasan  
como barrido de cámara rápida
en una carrera    hacia la fugaz libertad
del semáforo en verde

los transeúntes
atentos a la silueta     que muta del rojo al blanco
cruzan la avenida

las veredas   tan estrechas
el cemento que domina
los pasos más apurados

alguien que roza tu hombro
casi con violencia    no pide disculpas
apura el paso

ni alegría    ni tristeza
en los rostros grises y planos
las máscaras de acero    en las caras bovinas
los ojos fijos
en ningún lugar
 

miércoles, 25 de octubre de 2017

ANAMARÍA SERRA/ TRES POEMAS (PRIMER PREMIO CONCURSO FEMEBA)

LECTORA ROMÁNTICA
 
Releíste varias veces la página final
ésa que planteaba el desenlace de la historia
deseaste que un candelabro alumbrara tu lectura
en vez de tu moderna lámpara de pie

necesitabas una atmósfera opresiva
la protagonista te había llevado al clímax del suspenso

sentías en tu pecho la burla del antagonista soberbio
ella debía aplastarlo con su grandeza
como se mata de un pisotón una culebra en el campo

(porque se describía un campo de girasoles
en un día soleado)

pero nada pasó
la heroína se deshizo en llanto y lo dejó ir

testigo del abandono sin piedad
las lágrimas corrieron por tus  mejillas
cuando cerraste el libro

entonces te diste cuenta
de que él tampoco volvería nunca más.


CIRUGÍA
 
La jeringa accionó en la piel
mientras se concentraba
en contar hasta diez de atrás hacia delante

como es de suponer
no llegó ni hasta el número seis
cuando la oscuridad impuso su silencio

sin embargo
cree haber caído en un vértigo de colores
navegado por un mar de estrellas
nodrizas que titilaban en un hamacar sin final

también piensa que un duende
se metió en sus costillas
para hacer travesuras en su cuerpo entregado
y le mostraba la bala como si fuese un diamante
hasta que cayó a sus pies
de un blando porrazo

despiértese amigo  ya todo pasó

sintió angustia
había vuelto a la vida







FUGACIDAD
 
los aplausos resonaron en la sala
se le antojaron tambores
redoblantes   timbales
la gloria esperada con un vestido banal

agradeció varias veces
y luego se fue a su casa
quería sentir el aroma de hogar

cuando abrió la puerta
percibió un desierto
sin mantel de fiesta adornado con flores
sin comida calentándose en el horno
sin ella esperándolo con una sonrisa

leyó la nota de despedida
miró con desprecio el trofeo recibido
y lo tiró en el cesto de residuos inorgánicos



 (Estos tres poemas merecieron  el Primer Premio de Poesía 2017 otorgado por la Federación Médica de la Provincia de Buenos Aires, en la categoría "Familiar de médico")



jueves, 31 de agosto de 2017

ANAMARÍA SERRA/ "MEMORIA ENGAÑOSA"


 

sentada en el sillón de la sala
repasa su vida
como si leyese un libro
cautivada por el fragmento de una página

la oscuridad del atardecer
la acompaña
en ese recuerdo
latido de tambor en su pecho

desciende hasta lo más profundo
quiere llegar
al sótano de su memoria

sin embargo
no puede capturar el instante
en el que encontró la felicidad

 

Primer premio en el Concurso Nacional de Poesía de la Asociación "Arte y Cultura de Merlo", 2017.

martes, 29 de agosto de 2017

ANAMARÍA SERRA/ "SUEÑO INVERTIDO"

Me sentía agitada, como si necesitase moverme, cambiar de posición una y otra vez.
Avanzaba con cuidado, temiendo caerme y rodar cuesta abajo. Un tordo graznaba su burla trepado a la rama más alta; la torpeza de mis pasos me hacía tropezar con piedras escurridizas.
El manantial me invitaba a su remanso Finalmente pude llegar y aplacar mi sed. Desilusionado, el tordo silenció su mofa chillona y levantó vuelo con rumbo desconocido. Aparecieron otros pájaros con cantos suaves para hacerme compañía.

Me senté junto a un árbol y me soñé en mi cama durmiendo tranquila; una copa con agua mineral reposaba sobre mi mesa de luz


sábado, 19 de agosto de 2017

ANAMARÍA SERRA/ "EL DEMIURGO"



Adela se despierta, escucha el viento y siente que la penetra un torbellino de imágenes. Mediodía. Mira hacia la  ventana, el sol abrasador le seca la garganta. Se incorpora y toma un poco de agua del vaso que está sobre su mesa de luz. Ahora divisa frondosas plantas; sus hojas carnosas le impiden mirar qué hay detrás de la ventana.
Camina hacia allí y lucha con manos para abrir el follaje y ver el panorama. Oye un repicar acompasado, acústica pura, y se da cuenta de que el viento ha dado paso a la lluvia de finísimo granizo. Y allá va la imaginación de Adela, a la cumbre más alta que puede encontrar, blanca e inmensamente fría –lo siente en la punta de sus dedos porque está acariciando la base de una pequeña escultura-.
Adela toma conciencia del gesto maquinal y la observa. Representa un demiurgo, cabeza de león enmarcada en un halo, el sol y cuerpo de serpiente. Piensa en el significado dado por los antiguos: el creador y ordenador del mundo material, la encarnación del mal que aprisiona y encadena a los hombres a sus pasiones.
Adela desvía sus ojos hacia la fotografía colocada junto al demiurgo. Un hombre joven, esbelto, bronceado, le sonríe con malicia desde una  playa caribeña. Detrás, el sol corona su cabeza mientras el mar, de un azul más que profundo, lame sus pies. Adela quiere aclarar su desconcierto. Abre la ventana: ya no llueve y el viento es una brisa sobre su rostro.
En puntas de pie y sacando casi la mitad del cuerpo, extiende sus brazos para separar aquella multitud de hojas que le impedía la visión, pero descubre que solamente hay un enorme vacío, un desierto en el mediodía plagado de sol, el abismo que la atrae como si estuviese tirando de ella una finísima cadena de pasión hacia aquella mirada maliciosa…  Y su garganta seca, la sed que no puede apagarse.

Tal vez el demiurgo sea el oasis que Adela necesita.
 Aclaración: La imagen que encabeza el texto pertenece a Nicolás Gatto.

jueves, 22 de junio de 2017

ANAMARÍA SERRA/ "CUMPLIR UN SUEÑO"

el pronóstico del tiempo alertó
se acercaba la tormenta perfecta

como un  lunático  te lanzaste hacia el puerto
a  la aventura de encontrar tu meta

navegarás con una sonrisa
aunque el mar que te plantó paredes inviolables
te envuelva y  te devore  en salados remolinos

por más que el canto de sirenas
repique en tu oído "la alucinación  te ha ganado"
cumplirás tu sueño

martes, 13 de junio de 2017

ANAMARÍA SERRA/ "RECOMENDACIÓN"

por los bordes
sin traspasar la orilla
caminá siempre por ahí

que no te roce
el filamento de la crueldad
que no te aplasten
las olas impiadosas
al igual que un caminante distraído
detiene para siempre
la marcha de un pobre caracol

no caigas en la trampa
de la confusión

tomá aire con fuerza
dejá
que la brisa de las algas
te acaricie

y sentite dulcificada
como cuando un caramelo

se derrite en tu boca

jueves, 8 de junio de 2017

ANAMARÍA SERRA/ "ESBOZO DE VIDA"


una línea apenas curva
abraza suave
el borrón rosado
que oculta rayas verdes
más breves

el monigote quería nacer
la ansiosa mano infantil
no lo dejó abrirse a la vida
de la pared
 
aunque si miramos con atención
debajo de la mancha rosada
(apenas alcanzó a verter unas gotas de sangre)
veremos un ojo y media sonrisa
en la boca sin terminar

una línea recta
(su pierna derecha)
puja por abrirse
a la tercera dimensión.

viernes, 2 de junio de 2017

ANAMARÍA SERRA/ "CAMINANTE"


siente –como un vampiro-
la luz
hiriente de la mañana

sospecha que a su paso
deja el rastro pegajoso
de otra noche deshecha

su mirada
reclama de costado
una oportunidad

para darle a su cuerpo      contrariado
la cadencia necesaria
huyente de la resaca

la arena en los bolsillos
le marca su tiempo límite
sospecha que hoy  encontrará  el camino

se vuelve
desanda sus pasos
y busca un nuevo comienzo






lunes, 10 de abril de 2017

ANAMARÍA SERRA/ "CARTAS"


Se acercó hacia el lugar con muchas dudas. Se repitió que no tendría que haber ido. 
Sin embargo estaba allí, caminando por la vereda que bordeaba ese paredón interminable, de ladrillos desteñidos por el paso del tiempo y la falta de mantenimiento. 
Llevaba varias cartas: las había escrito a lo largo de muchos meses. Cartas que el destinatario no había recibido, pues cada vez que terminaba una, sucedía lo mismo; la guardaba en un sobre, escribía la dirección y después la arrinconaba en un cajón de su escritorio.  Invariablemente todas eran similares. Comenzaban con largos parlamentos con titubeantes disculpas que intentaban ser coherentes. 
Pero la escritura le ganaba la partida: se convertía en una hechicera que dominaba su mano (porque las cartas estaban escritas con su prolija y legible letra femenina). El resultado era un texto contradictorio, que finalizaba con amargos reproches.
Y ahora se encontraba con ese montón de sentimientos guardados en su bolso. Lo llevaba muy apretado contra su pecho. 
Ni una sola de esas cartas tenía sentido. 
¿Cómo pudieron construir esa extraña relación? No encontraba respuestas. Tampoco recordaba cómo se había interrumpido el vínculo. Pero seguía avanzando hacia la entrada.
La incertidumbre la atormentaba ya que no se sabía capaz de llamar cuando estuviera frente al enorme portón. 
Se puso a barajar las posibilidades de su atrevimiento. 
Supongamos que me animo, golpeo el llamador antiguo (¿todavía no habrán puesto portero eléctrico, ni siquiera un timbre?) y sale él a la puerta. ¿Cómo estará, cómo me mirará? Pero por ahí él no está, entonces sale la madre. Debe ya estar muy vieja, ¿cuándo la vi por última vez?  Seguro que sale él. Viene hacia mí y yo, mirándolo a los ojos, le entrego una por una las cartas que le escribí, pego media vuelta y sin decir palabra, me voy. 
¿Me atreveré?
Llegó al portón en medio de sus cavilaciones. Una gruesa cadena rodeaba el picaporte; el llamador había sido quitado de allí, pero en su lugar no habían colocado un timbre ni tampoco había portero eléctrico. Sus posibilidades de ser atendida se redujeron a llamar mediante gritos o aplaudir hasta que la escucharan. ¿Habría alguien?
Miró por primera vez hacia el jardín que antecedía la casa. Todo estaba cubierto por una niebla compacta, como un telón que tapaba el escenario. No pudo distinguir ni siquiera una ventana, menos una planta o una flor. 
Se le ocurrió que la densa nebulosa que aparecía entre el portón y la casa era el límite que separaba dos mundos. Asombrada, miró hacia el fondo y hacia enfrente de la vereda por la que caminaba: la visibilidad era perfecta.
La recorrió un escalofrío. Nunca podría entrar. No sólo por la gruesa cadena con candado, (los paredones que la circundaban no eran muy altos, podía saltarlos si se lo proponía) sino porque trasponer ese portón significaba atravesar otra dimensión.
No sabía hacia dónde la llevaría esa decisión. Se reconoció cobarde. Abrió su bolso y tomó el puñado de cartas. Con lentitud, su mano dejó que la brisa las esparciera por la vereda.
Dio media vuelta. Y se fue sin decir una palabra.

 

De La trama engañosa (2011)




lunes, 6 de marzo de 2017

ANAMARÍA SERRA/ POEMAS SOBRE HOJAS

Hojas secas
algunas corrían libres
cantando por el pasillo
voces árido cobrizas
otras buscaban rincones
y unían fragilidades

el viento se enseñoreaba
tendiendo hilos de brisa
les ordenaba un vals
de círculos ascendentes

como buena ama de casa
aliada con mis dos armas
las barrí y las junté
contradije a mis amigas
que adoran tapetes crujientes
solidaria
las salvé del descuartizamiento

mientras no  sé por qué
me ganó el tarareo
de aquella vieja canción
que entonaba Yves Montand
                                           En: a las tres de la tarde, 2010

Remordimiento
sólo
una hoja crujiente
triturada por mis dedos
sus poliedros luminosos
se me pegan a la piel

no sé por qué la he roto
con paciencia   con deleite
como si estrujara tu vida

me sentí dios inclemente
ella se entregó a mis pies
para que yo la tomara

y ahora
entre sus despojos
de pedacitos resecos

siento una gran desazón
mientras me lavo las manos.

                              En: a las tres de la tarde, 2010
 

Desatino del otoño
manos de cobre
multiplicadas hasta lo infinito
paso sobre ellas
en la tarde de otoño
las aplasto
exhibo mi crueldad
gozo
en el desintegro de mil dedos dorados

el viejo árbol me mira mientras desnuda sus ramas

la noche llega y me arropa
-helada manta en los hombros-
yo  corro junto al hogar
reavivada en su tibieza

luego

cuando estoy dormida
un animal me despierta
se ha colado entre mis sueños
se arrastra   se reproduce  se desgaja
y repercute sobre este techo de zinc

con un terror desvelado clamo misericordia al amanecer
y cuando salgo a la puerta
el añoso árbol ríe y me regala sus hojas
manos de cobre sobre mi pelo
sobre mis hombros
entre mis pies
                         En Cantos de sirena, 2012

PLENITUD Y DECADENCIA
cierro los ojos 
percibo con la yema de mis dedos el dibujo en su cuerpo
la fuerza de la arteria
florece en finísimas venas

su piel absorbió el rocío de la mañana
verde intenso de verano
despojada de su vestido de brote  me regala su textura

podría desprenderla de la rama
me contengo      expulso al verdugo
sabia y tirana
la Naturaleza ordenará cumplir el ciclo
y ella será penetrada por la opacidad del otoño

como rompecabezas troquelado
un diagrama cubrirá su lozanía
ciudad sedienta     laberinto sin hilo de Ariadna

ajada sin misericordia por la crueldad del viento
un desierto gris incubará la irremediable vejez
ella    mi preciosa hoja
morirá de un solo golpe
seco y certero  
                                    En Tempo, 2016                                           
Loca danza de otoño
te observo
pequeña bailarina
tu cuerpo  tembloroso
se estremece en la danza involuntaria

las caderas a punto de quebrarse
aferrada en equilibrio desesperado
a esa rama que se agita
impasible
al compás del viento otoñal

tu destino está sellado
mañana no te veré danzar  desde mi ventana

mañana yacerás en la vereda
junto a otras bailarinas muertas
pequeña hoja seca.                                                                                         
                                         En Tempo, 2016












lunes, 13 de febrero de 2017

ANAMARÍA SERRA/ "LA ANGUSTIA DEL POEMA"

 
Siempre me pareció una mujer trágica. Sé que había tenido numerosos inconvenientes y hasta desgracias en su vida. Aunque otras personas aceptan los infortunios y tratan de superarlos, tal vez ella se manifestaba de esa manera porque así era su naturaleza, apocalíptica.
Vivía en estado de poesía. Con una voz bellamente tormentosa, nos declamaba versos magníficos. Siempre agradecía nuestros aplausos con una triste sonrisa húmeda y una inclinación de su cuerpo frágil.
Sus poemas hablaban de alas quebradas, de cárceles con cenizas, de soledades enmarañadas en noches turbulentas con aullidos de lobos o de ventiscas. Pero lo siniestro no era sólo la invención de metáforas oscuras o la utilización de una cadencia melancólica. Había algo más.
La conocí en el club de los artistas, un espacio en donde nos reuníamos los que escapábamos de la soledad y del aburrimiento y gustábamos de las artes. Cada tanto realizábamos exposiciones y recitales o publicábamos alguna antología con nuestros trabajos. Hablo en pasado porque abandoné el lugar después de aquel hecho que a ella la involucra.
La tarde en que se presentó por primera vez, llevaba un vestido amplio que envolvía su pequeñez hasta casi hacerla desaparecer, aunque  resaltaba su largo pelo negro, que le caía sobre la espalda como una cortina de azabache. Nos dijo que venía de otra provincia y que pensaba que por fin había encontrado el lugar buscado durante mucho tiempo.  Cuando la invitamos a que leyera algún poema, su figura tomó dimensiones extraordinarias. Su voz cadenciosa y dramática nos envolvió por completo, y quedamos como hechizados al escucharla. Hechizados, sí, pero también angustiados. Una corriente de nostalgia, casi un desgarro, nos envolvió como una fragancia de jazmines. La aplaudimos calurosamente, es cierto, y fui el primero en pararme para ir a felicitarla mientras ella me miraba con sus ojos desamparados.
A partir de ese momento, comenzamos a ser amigos. Pese a que luego de cada encuentro me quedaba con un vacío profundo, como si yo también hubiese sido partícipe de maldades que la habían convertido en una mujer talentosa y atormentada.
Recuerdo que me contó su infancia, plena de alejamientos y clausuras. Su desgarramiento ante la ausencia materna y un padre taciturno, que apenas la miraba.
Encontró su refugio en la escritura. Conservaba cuentos que había escrito, similares a los de hadas pero mucho más aterrorizantes. En ellos, una niña de pelo negro y figura menuda, vivía atroces aventuras rodeada de criaturas maléficas que le mordían las entrañas, aunque la conservaban con vida. 
En la adolescencia, había sufrido reveses amorosos. Tal vez su personalidad tan sensible, casi teatral, atraía sobre sí los sinsabores. Sé que se había casado con un músico más o menos fracasado, que sin embargo la dejó cuando ella le dijo que no quería tener hijos pues no podía traer al mundo seres desdichados, convencida de su capacidad de procrear angustias.
Su último amor –de cual no quiso darme detalles- había sido otro poeta. Traté de que me dijera qué había pasado con él, ya que me contó a medias algo terrible. Una trágica muerte de la que había escapado, aunque no lo había podido hacer del recuerdo. Pero no logré más confesiones. 
Una tarde, estábamos sentados tomando un café y charlado sobre la última exposición, cuando algo me atrajo hacia sus ojos, que eran pardos. Me turbé por un instante, ya que de pronto vi que habían virado al tono grisáceo, y que además, la mirada que me sostenía no era la de ella. Había otra persona que me observaba de manera inquisidora y nada amigable. En ese momento ella me estaba preguntando no sé muy bien qué. A pesar de que jamás probaba bebidas alcohólicas, me sentí mareado por un vaho a vino. Sé que cerré los ojos y debo haberme puesto pálido. Ella calló por unos segundos y cuando retomó la conversación, todo volvió a la normalidad. No me preguntó nada, pero supe que había adivinado todo. Esa noche, como nunca me había pasado, soñé con poemas. Una voz grave y pastosa me dictaba versos delirantes. Hablaban de noches que extirpaban abalorios lumínicos, de criaturas grasosas procreadas por el aceite que estallaban en el pavimento, de musgos clorhídricos y esponjas arenosas usurpando el cerebro de un hombre ciego, de sombras del mediodía goteantes en la sábana rasgada por un grito seco…Al despertar, me pareció que los ojos grises y el aliento etílico se habían adueñado de mi cuarto.
Cuando volvimos a vernos, me atreví a contarle mi sueño. Ella simplemente bajó la cabeza. Es él –me dijo- no me quiere dejar en paz. Creí que yendo de un lugar a otro lograría desvanecerlo, pero me equivoqué. Y ahora se mete también en tus sueños, sabe que yo confío en vos.
Le sugerí que buscara ayuda en algún psicólogo o tal vez con un parapsicólogo, y asintió sin responderme.
Pasaron algunos días hasta que una mañana recibí una llamada telefónica. Su voz se notaba alegre. –Tenemos que vernos, me dijo. Siento que me he sacado un enorme peso de encima.
La esperé en el café de siempre. A pesar de que después de la pesadilla poética podía dormir solamente si antes tomaba algún tranquilizante, y que durante la vigilia había pintado algunos cuadros con imágenes bastante siniestras, me sentí optimista pensando que todo se había solucionado. Cuando la vi llegar, radiante, con su amplio vestido floreado, no pude evitar que mi corazón se agitase por el miedo.
Por detrás de su pequeño cuerpo, como cubriéndola de toda intromisión, una figura aureolada la acompañaba. Si bien no podía distinguir rasgo alguno, me sentí fulminado por acerados ojos y un aliento pestilente. Ella me sonreía diciéndome que ahora sí había logrado liberarse de ese hombre que hasta después de muerto la había dominado.
Casi no le di tiempo a que me explicase nada. Pretexté una urgente llamada telefónica y huí del pueblo para siempre. Ha pasado ya mucho tiempo. Nunca más frecuenté espacios artísticos, aunque durante meses seguí pintando paisajes macabros. Me dediqué al comercio y traté de no pensar más en esos días.
Pero de cuando en cuando vienen a mis sueños unos ojos grises y un cuerpo frágil de mujer, y dos voces en coro, una pastosa y la otra trágica, me hablan de cuervos con alas quebradas y de cenizas derramadas sobre una madre que fue asesinada y arrojada al vacío en una noche de tormenta. 
 De: La trama engañosa. Editorial En el aura del Sauce, 2011

jueves, 19 de enero de 2017

ANTONIO TABUCCHI/ DAMA DE PORTO PIM

"El dios de la Añoranza y de la Nostalgia es un niño con cara de viejo. Su templo se levanta en la isla más lejana, en un valle defendido por montes inaccesibles, cerca de un lago, en una zona desolada y salvaje. El valle está siempre cubierto por una bruma tenue, como un velo, hay altas hayas que el viento hace susurrar y es un lugar de una gran melancolía. Para llegar al templo hay que recorrer un sendero excavado en la roca que semeja el lecho de un torrente desaparecido: y por el camino se encuentran extraños esqueletos de enormes e ignotos animales, tal vez peces o quizá pájaros; y conchas; y piedras rosáceas como la madreperla. He llamado templo a una construcción que más bien debería llamar cabaña: porque el dios de la Añoranza y de la Nostalgia no puede vivir en un palacio ni en una casa ostentosa, sino en una morada pobre como un gemido que está entre las cosas de este mundo con la misma vergüenza con la que una pena secreta se aposenta en nuestro ánimo. Ya que este dios no concierne únicamente a la Añoranza y a la Nostalgia, sino que su deidad se extiende a una zona del espíritu que alberga el remordimiento, la pena por lo que fue y que ya no causa más pena sino tan sólo la  memoria de esa pena, y la pena por lo que no fue y habría podido ser, que es la pena más lacerante. 
Los hombres van a visitarlo vestidos con míseros sacos y las mujeres cubiertas con oscuros mantones; y todos permanecen en silencio y a veces se oye algún sollozo, en medio de la noche, cuando la luna derrama su luz de plata sobre el valle y los peregrinos echados sobre la hierba arrullan la añoranza de su vida." (Fragmento del Prólogo, Editorial  Anagrama, 1984)