miércoles, 31 de julio de 2013

EZEQUIEL PRADO/ ALGO MÁS QUE UN REGALO

                                                       La verdad nunca puede decirse de modo
                                                                  que sea comprendida sin ser creída.
                                                                                            Willian Blake
              
 
Saravia está sentado en una silla, chupando la bombilla de un mate de madera revestido de  cuero negro; ese mate que tiene en la mano posee la misma cantidad de años que su matrimonio.
Elvira, que no ha sido beneficiada con las bondades de la vida más que la de sus hijos, le ceba el mate amargo  todas las mañanas. Ahora  lo está mirando con cierta perplejidad, como si viera  algo ya distante.   
¿Qué pasa mujer?-  pregunta él sin dejar de chupar un mate que se ha quedado sin agua.
Nada, qué, ¿no puedo mirarte?- responde ella haciéndose la desentendida.
Mirá nomás, que por hoy no te cobro- le dice entregándoselo.
Ella lo agarra, mueve la bombilla como si revolviera un estofado y le vuelve a cargar agua.
Saravia y Elvira están sentados frente al ventanal que da a la calle.  Los unen cincuenta años de casados, dos hijos y una nieta y un historial de vaivenes oscuros y claros donde nada entre ellos ha faltado; hay en los dos una hermandad, una unión irreversible determinada por los años y la soledad, y no por el amor y la compañía.
Saravia  ha sabido ganarse varios enemigos en el trabajo, pero también ha construido un cierto desprecio por parte de sus hijos; Saravia es sobrador y pendenciero y no hace nada gratis, ni siquiera por él mismo. Cualquiera de los vecinos que los circunda o de los ex compañeros de trabajo, serían testigos eficientes de que ese hombre no debería tener la compasión de nadie.  
Con la bombilla en la boca observa que el auto, un Spazio rojo, estaciona frente al  ventanal; él mira cómo su hija y su nieta han venido a visitarlo. La pequeña, detrás de su madre, trae en sus manos una caja y esto, que está ocurriendo más seguido que lo habitual, lo engrandece, le soba el orgullo, pero también le produce incertidumbre.
 Primero entra la nieta, Carolina, que saluda a su abuela y después a su abuelo;  demora la entrega del regalo a la espera de que su madre salude en el mismo orden que ella. Elvira se levanta, agarra la pava y el mate y dice
“voy a calentar”. Si hace un rato la calentaste, le remarca Saravia que tiene entre sus brazos a su nieta.
Vos qué sabes, y Elvira se aleja en dirección a la cocina con su hija. Carolina le entrega la caja.
¿Y esto? dice el viejo sorprendido.
Para vos abuelo, un regalo, le aclara su nieta que tiene nueve años.
Pero si hoy no es mi cumpleaños, ¿o ya no se acuerdan de la fecha en que los cumplo?, grita el viejo; es una de las formas que tiene de irritar tanto a su mujer como a sus hijos. Su nieta lo mira, está a punto de decir algo pero se arrepiente y levanta los hombros.  Rompé el papel, que trae suerte.
Saravia se queda congelado unos segundos con la caja en la mano mirando a su mujer y a su hija que hablan en voz baja en la cocina. ¿Qué traman estas dos? se pregunta.  
Abuelo, el papel rompé, insiste Carolina

El viejo vuelve a la caja, por esos anteojos cargados de aumento mira a su nieta como un perro que espera que le arrojen el palo para salir a traerlo.
Nada de romper el papel- dice Saravia- esas son pavadas de mujeres- y lo dice de contrera nomás,  porque lejos de él está el interés de preservar el papel como recuerdo.

Hoy hace un mes que no trabaja, un dolor en el abdomen lo dejó afuera, el médico no fue claro. Tan solo le recomendó unos meses de parate que cumple a medias. ¿Quién va a pagar la olla, usted? le dijo al profesional antes de irse. Lo que le extraña es que la mujer al verlo laburar no lo rete, con lo hincha pelota que es la Elvira piensa, pero también sospecha que entre el médico y su familia traman algo.
Se toma su tiempo para desenvolver el regalo, y  solo lo hace para engranar a Carolina, que lo está mirando parada y ansiosa.  En el momento que retira el hilo azul, por el ventanal se ve a Carlos que  desciende de un Reims con una caja de vino; Saravia lo observa extrañado.
Qué hacés, viejo, mirá lo que te traje; el hijo muestra las botellas de vino  y va hacia  la cocina con su madre y su hermana.

No sabe si el equivocado es él o son los demás, que él sepa es un día de semana común y corriente, qué es lo que se festeja entonces, se pregunta Saravia que siente en las manos los tironeos de su nieta que le señala el regalo. El hijo trae una botella de vino, la ubica en la mesa y le sirve un vaso al viejo que todavía no entiende.
¿Qué  festejamos?, le grita, pese a que lo tiene cerca.
Como festejar… nada, le aclara Carlos dubitativo y trémulo; deja la botella y  vuelve a la cocina.
¿Qué esperás abuelo?- le reclama su nieta parada frente a la caja. Él retoma  sin mucho entusiasmo la tarea de desempaquetar la caja, y lo hace más para calmar la ansiedad de su nieta que la propia. No le gusta que le oculten nada y menos le gustan las sorpresas.
¿Qué cuchichean ahí, che?, grita desesperado por saber de qué hablan. Elvira pone una olla con agua en el fuego, agarra la pava y llega a la mesa.
¿Qué se traman… qué festejo están ocultando?-
¿Festejo? -dice Elvira y se sienta sin quitarle la mirada de encima –festejo ninguno, es una familia, la familia puede reunirse sin la excusa de un festejo.
 Saravia gruñe y la mira amenazante, ella le entrega el mate amargo a su hija que permanece de pie mirando a su padre.

Carlos se prende un cigarrillo y se encamina hacia el patio para que su hermana no lo putee; se mete con el pucho en la boca en el galpón  de Saravia repleto de porquerías; en una de las paredes está colgado un taladro de mano  antiguo,  en el torno se exhiben llaves de todo tipo y formas, en la pared las herramientas van de  menor a mayor; una prensa sostiene una chapa, atrás, una bicicleta de carrera puesta en el mismo lugar que estaba cuando él era chico. Rollos de alambres oxidados, caños parados como estatuas, tuercas y latas de duraznos rebasando de tornillos. Para Carlos han pasado los años, pero adentro del galpón pareciera que todo permanece igual. Él, que nunca supo agarrar ni siquiera un tornillo y menos aún cambiar una lamparita, intuye y no sabe por qué,  que cuando nada quede de esto lo va a extrañar tanto como si hubiera sido su oficio.
 
Abuelo, no abriste el regalo, dice la pequeña que está sentada en el piso, casi resignada. Saravia retoma el pedido y vuelve a despegar las cintas que rodean toda la caja. En eso aterriza Elvira, que pone la mesa ayudada por su hija. Carlos vuelve de afuera; su padre lo mira entrar, éste le devuelve la mirada y le palmea el hombro.
Pero qué les pasa a ustedes, ¿andan sentimentales? pregunta  luchando con la caja.

Saravia nunca fue un hombre de expresar sentimientos, eso era cosa de maricas, caricias solo a hasta los diez, después se hacen mameros, creía.

Cuando quiere acordar, los ñoquis llegan de las manos de Elvira y en la bandeja de ocasiones especiales. La pone en el centro de la mesa y Saravia los mira a cada uno de ellos y les dice: Si hoy…no es día de ñoquis…
Y a quién le importa, responde la mujer mientras deposita el queso rallado. La hija la mira pidiéndole a su madre, al menos por hoy, un poco de compasión.
Abrilo, abuelo, ruega la nena con su último aliento.

El viejo saca el papel, se toma un tiempo para doblarlo, mientras en la mesa el vapor de los ñoquis se va hacia arriba y los tres esperan para empezar a comer. Luego de doblarlo en siete pliegues se levanta para dejar el papel sobre el mueble; ninguno de ellos deja de mirarlo. Él lo advierte. Se sienta y vuelve a poner la caja sobre las rodillas.
A ver qué ha traído m´hija, dice Saravia abriendo la caja. Mete la mano y desde el fondo extrae una tortuga azul y blanca de madera. La mira, la da vuelta, la observa detenidamente; minutos después, levanta  la mirada hacia la pequeña y le dice qué tortuga más extraña.
La hice en la escuela, para que te acompañe, le explica la pequeña, mirando a su madre.
Cuentas deberían enseñarte en la escuela- reclama el viejo con la intención de que ninguna lágrima lo haga quedar mal.
Pero ella parece no escucharlo y le sigue contando el por qué de la tortuga, mientras el viejo la sigue mirando de ambos lados, perdido en la artesanía de madera.  
La maestra nos dijo que las tortugas significan para cada país algo distinto: en algunos quiere decir lentitud, en otros diversión,  buena suerte, y en otros vida.  Y es por eso que te hice la tortuga abuelo, porque la mía, significa vida.
Dale, a comer, dice Saravia


Detrás de él, la mujer y los hijos se miran, y en sus miradas coinciden en que no se merece compasión, pero ellos no pueden negársela. 
                                                                                                  

domingo, 28 de julio de 2013

ANA MARÍA SERRA/ DOS POEMAS

SE HA DICHO TANTO YA SOBRE LA LLUVIA…
cuando las gotas golpean sobre el techo
como pájaros heridos
un malestar  atraviesa
y me vuelve
casi gris
                    (como parte del paisaje que refleja la ventana)
no me gusta caminar bajo la lluvia
visita persistente del invierno
perversa escolta del viento

me molestan los charcos en la calle
sorpresa estruendosa con tamboril de granizo
en la tarde de verano
hay sin embargo un momento
generalmente a la noche
en que es música que invade mis sentidos
                               nuestros brazos y piernas se entrelazan


afuera
la  llovizna  provoca       repiqueteo de chispas
adentro      solamente los dos   
en una  danza ancestral
repetimos el rito del amor



PLENITUD Y DECADENCIA
cierro los ojos  
percibo con la yema de mis dedos el dibujo en su cuerpo
la fuerza de la arteria
florece en finísimas venas

su piel absorbió el rocío de la mañana
verde intenso de verano
despojada de su vestido de brote  me regala su textura
 
podría desprenderla de la rama
me contengo      expulso al verdugo
sabia y tirana
la Naturaleza ordenará cumplir el ciclo
y ella será penetrada por la opacidad del otoño

como rompecabezas troquelado
un diagrama cubrirá su lozanía
ciudad sedienta     laberinto sin hilo de Ariadna
ajada sin misericordia por la crueldad del viento
un desierto gris incubará la irremediable vejez
ella    mi preciosa hoja
morirá de un solo golpe
seco y certero                                               
 

miércoles, 24 de julio de 2013

EZEQUIEL PRADO/ LO INESPERADO


 
¿Te dijo algo?
No. Me miró, eso sí, a último momento me miró.
¿Y eso te hizo mal?
¿Mal? …no sé lo que provocó en mí; a ver… no podría describirlo, no puedo encontrar la palabra exacta para esa mirada.
Tuvimos suerte, Demi.
Por qué lo decís.
Por la ruta, hoy parece  no viajar nadie, mirála, está vacía.
Ah, sí, la ruta… está vacía.
Seguro porque es sábado.
Quizás, sí.
¿Estás bien?
 Sí…bien
 ¿No ha pasado, ni siquiera un poquito?
Ya va a pasar…
No te preocupes, amor, siempre pasa; es como todo: a uno parece que le faltara algo y automáticamente  el cuerpo  lo suplanta con otra cosa, se preserva él mismo, ¿entendés, Demi?
Quizás… sí.
Tengo muchas cosas por mostrarte.
Como cuáles.
Y…primero y principal, la estancia Jesuítica, la casa del Virrey; Alta Gracia a vos te va a gustar mi amor
A ver… ¿Por qué tendría que gustarme?
Porque la elegí yo, y yo conozco tus gustos; a vos te atrae la historia, los museos y esas cosas, ¿o me lo vas a negar? En Alta Gracia hay mucho por conocer, ¡es relindo, ya vas a ver!
Ojalá.
Me encanta viajar a la mañana, ¿te lo dije? ver el sol sobre los campos, el pasto verde sosteniendo el rocío, los pájaros blancos revoloteando detrás del tractor, es tan lindo, tan armonioso, es como mirar un cuadro recién terminado, ¿no te parece, Demi?
Será porque naciste en el campo y las raíces nunca se olvidan.
Una vez que nos instalemos en Alta Gracia, me voy a dedicar a la pintura, es lo que soñé siempre…vos ¿a qué te vas a dedicar?
Aun no lo sé, no me he puesto a pensar en eso.
¿Y en qué estás pensando, en la mirada?
Sí, no encuentro la palabra para traducirla.
Demi, hay que mirar hacia adelante, ahora más que nunca, ¿no lo crees?
Quizás… sí.
 Ya sé que debe ser difícil, ya sé que hay cosas que cuestan en la vida, pero tarde o temprano suceden y uno  tiene que desprenderse de ellas y apostar hacia adelante.
Siento que si encuentro la palabra podré liberarme.
Y yo siento que si te empecinás en eso no vas a poder lograrlo; mirá la ruta, mirá el día soleado que nos tocó, decime si no es una señal: el sol sobre nuestra camioneta, las rutas vacías, los dos juntos, enamorados, camino hacia Alta Gracia, hacia una nueva vida. Decime, Demi, si no es un buen augurio.
¿A vos te parece?
Créeme; yo no solo lo digo, lo afirmo. Y la primera medida que voy a tomar es sacar el tango que pusiste, este tango no es bueno para que nos acompañe, te vas a confundir más, mejor pongamos otra cosa… algo más alegre.
Pasáme un cigarrillo.
No te sientas mal por lo que hiciste,  no es nada anormal, todo lo contrario…en el mundo de hoy te diría es casi una regla a cumplir.
Quizás sea como decís.
 Es así, no lo dudes. Abrí un poco la ventana. ¿Qué es eso?
Mi teléfono.
Cómo tu teléfono… me prometiste que no ibas a traerlo, que te ibas a deshacer de él, si lo tenés encima nunca vas a poder dejar todo atrás. La idea, Demi, es viajar, pero viajar sin nada en la cabeza. Frená por favor, estaciónate en la banquina.
Laura, no sé si  la solución es que lo hayas tirado.
¿Y cuál creés que sería?
La palabra, dar con la palabra, si doy con ella me voy a sentir libre.
No te entiendo, Demi.
A ver…si siento que pongo en boca esa mirada tendré alguna certeza. ¿Se entiende?
No.
Si puedo traducir la mirada que me hizo antes de irme y dejarla ahí, quizás sea capaz de comprender lo que hice y es a partir de esa comprensión que me permitirá aceptarlo u olvidarlo, pero si esa mirada sigue en mi cabeza sin ser traducida,  voy a volverme loco.

Mirá hacia adelante, estás por morder la banquina. Demi, en las sierras de Alta Gracia te vas a olvidar de todo, ya vas a ver… ahí todo va a quedar en blanco y vamos hacer muy felices.
Ella no era mala.
No digo que lo fuera…pero viste… era.
Ella no tenía a nadie más que a mí.
Sí, lo sé. ¿Por qué no te parás en ese puesto y tomamos algo?
Ella algo me dijo.
Espérame en el barcito, si querés.
Te espero.
 
Ay…Demi, ¿no te parece que es muy temprano para tomarte una Legui?  Mirá que yo no sé manejar.
Es lo único que tienen. Y por lo otro no te asustes, he manejado en peores condiciones.
¿Sabés? Pensé que iba a ser más fácil, no me hubiera imaginado que una mirada te iba a prohibir disfrutar de nuestros planes, la mañana está tan linda…
No es sólo una mirada.
¿Y qué es?
Lo que había en esa mirada. 
Demi, no tomes más.
Una copa no le hace mal a nadie.
Ya van tres copas. ¿Te acordás cómo planeamos este viaje,  cómo soñamos con esta nueva vida?...
Sí, claro. Ella todavía caminaba.
 Mirálo de esta forma, ella te dio todo lo que tenía y te lo dio para que fueras feliz, para que pudiéramos comprar la casita en Alta Gracia y viviéramos en donde quisiéramos…dejáme decirte que esa mirada, la que no podés sacarte de la cabeza, la que no podés olvidar, quizás te esté queriendo decir que sigas manejando, que sigas adelante con lo que habíamos planeado.
No sé qué pensar, Laura.
Pensá en otra cosa, pensá que toda la ruta que dejamos atrás ya no existe, que fue sólo una pesadilla o un mal sueño. Sólo existe la que tenemos por delante, mejor pensá en eso.
Ése es el problema entre vos y yo.
¿Qué problema, Demi?
Es que para mí no fue una pesadilla…todo lo contrario; es mi deber con la vida o al menos con la que me la dio.
 Bajá el tono, Demi, el hombre de la mesa  nos está mirando.
A mí me importa otra mirada, y no es la de cualquier hombre precisamente.
No tenés por qué recordármelo a cada segundo Demi, me hace mal.
A mí también me hace mal.
Dejá de tomar, por favor, te estás poniendo colorado y esa sí que no es una buena señal, Demi, yo te conozco, vamos, vamos a nuestra nueva casa.
Si ni siquiera sé donde queda la nueva casa…
 En Alta Gracia, te dije que iba a ser una sorpresa, te va a gustar. Voy al baño.
Laura, encárgame otra vuelta.
Lo voy a pensar.

Tardaste mucho.
El hombre de la mesa… no señales, queda mal. Sí, el de bigotes, me dijo que hay dos policías afuera, y que en tu estado no nos van a dejar seguir.
¿A nosotros?
 Sí, a nosotros. Pará, el hombre me está llamando.
¿Para qué?
Para decirme si la policía se fue o todavía esta ahí…que sé yo.
Ese te quiere coger para mí.
Ay…Demi, ya estás borracho. Los policías son como zorros hambrientos, sabés la coima que vamos a tener que pagar si te agarran en este estado… Ahora vuelvo.
Tráeme otra, de paso.
¿No te parece que tomaste demasiado?
No aún.

Tomá, no te vuelques.
Qué te dijo.
Se comprometió a darnos una mano, dice que él puede conducir hasta el pueblito que está a unos kilómetros adelante y ahí seguís manejando vos.
Si es así, que nos haga el favor el paisano.
Ay…Demi.

Linda chata, ¿motor Perkins?
Sí. Conoce de fierros, paisano.
Algo conozco.
Qué olor a Legui tenés, Demi.
 Por esta ruta los canas son rapiñeros, rapiñeros de primera hora.
Parece conocerlos muy bien, paisano.
Sí, sí, claro que los conozco, agüita en la boca se les habrá hecho cuando vieron esta chata.
¿Vive por acá?
En el pueblo vecino, a unos pasitos del Ventolin.
¿El Ventolin?
Sí, el bar de donde salimos. Los de acá lo conocemos por el Ventolin, porque el que entra siempre sale como una hoja empujada por el viento, y usted se  parecía bastante a eso.
Ja, ja…me está insultando, paisano.
No, para nada, jefe, solo un chistecito.
El sol me está matando…
Recuéstese, sin vergüenza, el sol del mediodía es traicionero.
Demi, a vos lo que te cayó pesado son las Leguis que tomaste.
Dejáme, ahora me siento mejor, más relajado…
No le haga asco a cerrar los ojos compadre, que la Ford está en buenas manos.
Sí, Demi, tirá la cabeza para atrás y cerrá los ojos.
Es saludable dormirse unos minutitos.
Gracias paisano,  por la mano.
A sus servicios, ahora trone tranquilo, sin culpa, que yo cuando llegue lo despierto.
El sol del mediodía es traicionero…eso. Laura, ya sé lo que me quiso decir. Laura, Laura, Laura…
 



lunes, 22 de julio de 2013

YASUNARI KAWABATA/ GRACIAS


Sería un buen año para los caquis. El otoño en las montañas era hermoso.
La ciudad portuaria estaba en la punta meridional de la península. El chofer del ómnibus bajó del primer piso de la terminal a la sala de espera, donde se sucedían humildes puestos de venta de golosinas. Su uniforme amarillo tenía un cuello púrpura. Ahí adelante estaba estacionado el gran ómnibus rojo con una bandera púrpura.
La madre de la niña se puso de pie, apretando el papel de una bolsa con caramelos, y se dirigió al chofer que se arreglaba los cordones de los zapatos.
-¿Así que hoy es su turno? Si es usted quien la lle­va hasta allá, hay que agradecerlo, seguramente va a tener suerte. Es una señal de que algo bueno va a suceder.
El chofer miró a la muchacha que estaba al lado de la mujer y guardó silencio.
-No podemos seguir aplazando esto para siempre... Además, el invierno está casi sobre nosotros. Sería una pena enviarla con el frío. Si de todos modos debemos hacerlo, me parece que es conveniente hacerlo con este tiempo todavía agradable. Y he decidido acompañarla hasta allí.
El chofer asintió sin decir palabra, caminó con el aplomo de un soldado hasta el ómnibus, para acomodar el almohadón del asiento.
-Por favor, tome asiento aquí adelante, señora. No hay tanto traqueteo. Tienen un largo viaje por delante.
La mujer iba a una aldea por donde pasaba el ferrocarril, y que quedaba a sesenta kilómetros al norte, para vender a su hija.
Sacudida a lo largo del camino de montaña, la jovencita clavaba los ojos en la espalda del chofer que estaba justo delante de ella. El amarillo del uniforme colmaba su visión como si fuera un mundo en sí mismo. Las montañas que iban apareciendo se partían y pasaban de un hombro a otro del hombre. El ómnibus atravesó dos pasos muy elevados...
Se cruzó con un carro tirado por caballos, y éste se hizo a un costado.
-Gracias.
La voz del chofer era clara cuando saludaba con una agradable inclinación de cabeza, como un pájaro carpintero.
El ómnibus se encontró con una carreta llena de trastos que también se corrió con sus caballos y le cedió el paso.
-Gracias.
Un carretón.
-Gracias.
Un rickshaw.
-Gracias.
Un caballo.
-Gracias.
Si bien el chofer ya se había cruzado con treinta vehículos en diez minutos, nunca dejaba de ser cortés. Y aunque tuviera que manejar durante cientos de kilómetros, nunca descuidaba su conducta y era como un cedro bien erguido, simple y natural.
Habían partido a eso de las tres. El chofer había tenido que encender las luces a mitad de camino. Pero cada vez que se encontraba con un caballo, las apagaba.
-Gracias.
-Gracias.
-Gracias.
Durante todo el trayecto, fue el chofer con mejor reputación entre los conductores de carretas, carretones y los jinetes.
Cuando el ómnibus llegó a la plaza de la aldea en medio de la oscuridad, la muchachita empezó a temblar y se sintió mareada, como si le flotaran las piernas. Se aferró a su madre.
-Un momento -le dijo ésta a su hija y corrió tras el chofer para implorarle-. Mi hija dice que lo quiere. Se lo pido, se lo ruego con mis dos manos en oración. Mañana ella será juguete de un hombre cualquiera, por eso... Si hasta una muchacha de buena posición de la ciudad... con sólo viajar unos kilómetros con usted...
A la mañana siguiente, al amanecer, el chofer dejó la modesta pensión y cruzó la plaza con apostura de soldado. La madre y la hija corrieron tras él. El ómnibus rojo, con su bandera púrpura, salió del garaje y quedó a la espera del primer tren.
La jovencita subió primero y acarició el asiento de cuero negro del chofer mientras se mordía los labios. La madre se defendía del frío cerrando el cuello de su kimono.
 -Y ahora debo llevarla de nuevo a casa. Esta mañana ella lloró, usted me increpó... Compadecerme de ella ha sido un error. Voy a llevarla a casa, ¿bien? Pero sólo hasta la primavera. Sería una pena enviarla ahora que va a iniciarse la temporada de frío. Puedo arreglarme. Pero cuando el tiempo mejore, ya no podré tenerla en casa.

El primer tren le lanzó tres pasajeros al ómnibus.
El chofer acomodó su almohadón. Los ojos de la muchachita se fijaron en la cálida espalda que tenían ante sí. La brisa matinal del otoño se deslizaba sobre esos hombros.
El ómnibus quedó enfrentado a un carro tirado por caballos. Y éste se hizo a un lado.
-Gracias.
Un carretón.
-Gracias.
Un caballo.
-Gracias.
-Gracias.
-Gracias.
-Gracias.
El chofer regresaba, lleno de gratitud, cruzando los sesenta kilómetros de montañas y campos hasta la ciudad portuaria en el extremo meridional de la península.
Era un buen año para los caquis. El otoño en la montaña era bello.



miércoles, 17 de julio de 2013

DOS POEMAS DE ROBERTO BOLAÑO

LOS PERROS ROMÁNTICOS 


En aquel tiempo yo tenía veinte años  
y estaba loco.  
Había perdido un país  
pero había ganado un sueño.  
Y si tenía ese sueño  
lo demás no importaba.  
Ni trabajar ni rezar  
ni estudiar en la madrugada  
junto a los perros románticos.  
Y el sueño vivía en el vacío de mi espíritu./  
Una habitación de madera,  
en penumbras,  
en uno de los pulmones del trópico.  
Y a veces me volvía dentro de mí/  
y visitaba el sueño: estatua eternizada  
en pensamientos líquidos,  
un gusano blanco retorciéndose  
en el amor.  
Un amor desbocado.  
Un sueño dentro de otro sueño.  
Y la pesadilla me decía: crecerás.  
Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto 
y olvidarás.  
Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.
Estoy aquí, dije, con los perros románticos
y aquí me voy a quedar.







GODZILLA EN MÉXICO 

Atiende esto, hijo mío: las bombas caían 
sobre la ciudad de México 
pero nadie se daba cuenta. 
El aire llevó el veneno a través  
de las calles y las ventanas abiertas. 
Tú acababas de comer y veías en la tele 
los dibujos animados. 

Yo leía en la habitación de al lado 
cuando supe que íbamos a morir. 
Pese al mareo y las náuseas me arrastré 
hasta el comedor y te encontré en el suelo. 
Nos abrazamos. Me preguntaste qué pasaba 
y yo no dije que estábamos en el programa de la muerte 
sino que íbamos a iniciar un viaje, 
uno más, juntos, y que no tuvieras miedo. 
Al marcharse, la muerte ni siquiera 
nos cerró los ojos. 
¿Qué somos?, me preguntaste una semana o un año después, 
¿hormigas, abejas, cifras equivocadas 
en la gran sopa podrida del azar? 
Somos seres humanos, hijo mío, casi pájaros, 
héroes públicos y secretos.











domingo, 14 de julio de 2013

JUANA BIGNOZZI/ POEMAS DE "MUJER DE CIERTO ORDEN"

Ce triste exil, ce fier exil

En las noches felices con la gente que amo
él hace sentir su ausencia,
se instala en el amor que me dan,
en el amor que doy,
en el otoño, sí, ya sé, las hojas;
dos amigas caminan por calles entrañables,
hablan del amor, la vida, los hombres,
se dejan envolver por la dulzura de la noche de mayo,
hacen a un lado las cosas irremediables,
caminan solas entre los olores, las luces de las ventanas,
algún rostro obsesivo que insiste, insiste,
pero ellas saben tanto sobre el amor, tanto,
que pueden convertir todo en una charla brillante
el hombre que desean hasta sentir frío,
el verdadero amor
y el aplastante domingo que hay que atravesar
para que su voz sea de nuevo
y todo empiece a cobrar vida.

Los amigos que me aman hablan de mis ojos,
ya sé, son importantes como las hojas en otoño,
pero todo cae a golpes
en estos domingos para lanas tibias, hijos que no tengo,
globos de colores en el parque.


Entre ritos familiares se calienta al sol
impura,
como si hubiera encendido fuego en viernes
o hubiera cantado en tierra extranjera.



De "Mujer de cierto orden" 1967




Soy una mujer sin problemas
Todos lo saben
y entonces buscan mi compañía para charlar por las noches.
Sin embargo yo conozco a alguien que quiere morir en paz consigo mismo
y me produce estremecimientos, insomnio, soledad,
porque la paz conmigo misma sería una guerra sin fin,
dos o tres asesinatos inevitables y alguna entrega desmedida
que no entra en mis planes.
Sin embargo yo sueño por las noches
con un jardín inmenso donde los muertos se levantan para saludarme;
yo sueño con un hombre que me inquieta y como lo ignora
me habla amigablemente del resto del mundo
y de mis múltiples amores, tan simpáticos,
tan apropiados como tema de conversación.

De "Mujer de cierto orden" 1967