Hasta que
vuelvas a verlo frente al tuyo, y con renovada esperanza lo mires de nuevo,
decidida, esta vez, a mirarlo en serio, de verdad, lo cual, y esto también lo
sabes, te resulta imposible, pues es la condición del amor que le tienes.
domingo, 22 de diciembre de 2013
ALEJANDRA PIZARNIK/ "UN ROSTRO"
Un rostro
frente a tus ojos que lo miran y por favor: que no haya mirar sin ver. Cuando
miras su rostro –por pasión, por necesidad como la de respirar- sucede, y de
esto te enteras mucho después, que ni siquiera lo miras. Pero si lo miraste, si
lo bebiste como sólo puede y sabe una sedienta como tú. Ahora estás en la
calle; te alejas invadida por un rostro que miraste sin cesar, pero de súbito,
flotante y descreída, te detienes, pues vienes de preguntarte si has visto su
rostro. El combate con la desaparición es arduo. Buscas con urgencia en todas
tus memorias, porque gracias a una simétrica repetición de experiencias sabes
que si no lo recuerdas pocos instantes después de haberlo mirado este olvido
significará los más desoladores días de búsqueda.
sábado, 21 de diciembre de 2013
TRES POEMAS DE IDA VITALE, POETA URUGUAYA

Primero te retraes,
te agostas,
pierdes alma en lo seco,
en lo que no comprendes,
intentas llegar al agua de la vida,
alumbrar una membrana mínima,
una hoja pequeña.
No soñar flores.
El aire te sofoca.
Sientes la arena
reinar en la mañana,
morir lo verde,
subir árido oro.

Pero, aún sin ella saberlo,
desde algún borde
una voz compadece, te moja
breve, dichosamente,
como cuando rozas
una rama de pino baja
ya concluida la lluvia.

De "Parvo Reino" 1984
La palabra infinito

La palabra infinito es infinita,
la palabra misterio es misteriosa.
Ambas son infinitas, misteriosas.
Sílaba a sílaba intentas convocarlas
sin que una luz anuncie su dominio,
una sombra señale a qué distancia de ellas
está la opacidad en que te mueves.
Van a algún punto del resplandor y anidan,
cuando las dejas libres en el aire,
esperando que un ala inexplicable
te lleve hasta su vuelo.
¿Es más que su sabor el gusto de la vida ?

De "De procura de lo imposible" 1998
Mariposa, poema

En el aire estaba
impreciso, tenue, el poema.
Imprecisa también
llegó la mariposa nocturna,
ni hermosa ni agorera,
a perderse entre biombos de papeles.
La deshilada, débil cinta de palabras
se disipó con ella.
¿Volverán ambas?
Quizás, en un momento de la noche,
cuando ya no quiera escribir
algo más agorero acaso
que esa escondida mariposa
que evita la luz,
como las Dichas.

De "De procura de lo imposible" 1998
lunes, 16 de diciembre de 2013
CONCEPCIÓN BERTONE/ DOS POEMAS
VIGENCIA DE
PENÉLOPE
Con la fibra
más íntima de su carne
urde el día,
la noche. El telar
donde pierde
la mirada
y el miedo
que durante
veinte años maniató
en el
tejido: olvidar
a quién es
fiel
¿a él?
¿a
ella?
Siquiera
una querella
silente con
el mar. Sólo
otra
pirausta muerta.
Otra puesta
de sol.
Y los pájaros
del diseño helados
sin poder emigrar
hacia un
grado más tibio de la urdimbre
Podría
compararte con un escorpión
(siempre
fuiste letal). Y a la vez
constelarte
como Ptolomeo. Prefiero
esto último
que hago
sobre el
papel. Palparte
con el
apéndice sensorial del sueño. Soñarte
aquel que
pudiste haber sido. Un día,
alguien
vendrá, dirá que has muerto
discretamente,
así, con el sentido
respeto de
una tradición familiar. Me quedaré
sin musa,
sin objeto
de angustia,
mi desvelo. Mas no me quebraré
porque
siempre recuerdo tu consejo
de Dédalo a
su Ícaro. Y no vuelo.
domingo, 8 de diciembre de 2013
ANA MARÍA SERRA/ "A FEDERICO"
rostro moreno
mirada tierna
sonrisa amplia
pena en el alma
el niño duende
sentir gitano
del cante jondo
las cinco en punto
Ignacio Sánchez
la muerte acecha
música y danza
vida en poesía
Harlem despierta
sueños en trizas
mujeres sufren
odian y aman
incomprendidas
como tu instinto
y tu sentir
(secreto a voces
del qué dirán)
aunque te miman
y te idolatran
te excluye
(claro)
el poder-odio
y te secuestran
y te fusilan
y sos leyenda
la luna estaño
el lirio muerte
el verde sueño
el puñal sierpe
la cruz amarga...
velan que velan
al niño duende
al hombre libre
poeta
siempre.
De: a las tres de la tarde
martes, 3 de diciembre de 2013
MARICLÓ DÍAZ SAUBIDET/ "RECOMPOSICIÓN DE LUGAR"

como quien desliza una
y otra vez la hoja de papel manteca
con las letras del monograma
sobre el original de la revista Labores
intentando
superponer
los pequeños guiones oblicuos
del punto cruz

o como quien se sienta
frente a un auténtico puzzle
inglés (de los que tenía Carlucho
en Villa Emilia) y piecita
por piecita
pretende
delimitar el barco
el mar el cielo

De: Error en la proporción de sal
viernes, 29 de noviembre de 2013
DOS POETAS: CÉSAR CANTONI Y FABIÁN CASAS
SEGÚN PASAN LOS AÑOS
A los 20 años me enamoré de Ingrid Bergman.
Ahora la tengo en mi casa,
dentro de una cajita con imágenes.
A veces, cuando me siento inútil,
salgo a andar por las calles de Casablanca,
entre nazis y refugiados,
y, de súbito, aparece ella,
invadiéndolo todo con sus ojos,
en la humosa penumbra de un nightclub.
Ella, que ha elegido seguir amando a Bogey hasta la muerte,
mientras Sam, el pianista negro,
toca de nuevo su inefable "As Time Goes By"
César Cantoni
UN PLÁSTICO TRANSPARENTE
Abrí la puerta y te estabas bañando.
Los vidrios empañados, el ruido del agua
detrás de las cortinas,
las cosas esenciales instaladas
fuera de la razón.
Me llamaste, acercaste la cara
y nos besamos a través del plástico
transparente: fue un instante.
Las parejas y las revistas literarias
duran casi siempre dos números, pensé.
Sin embargo, de a poco,
le fuimos ganando terreno al río:
días interminables en los que el caos
tomaba tu forma para envolverme mejor.
Fabián Casas
A los 20 años me enamoré de Ingrid Bergman.
Ahora la tengo en mi casa,
dentro de una cajita con imágenes.
A veces, cuando me siento inútil,
salgo a andar por las calles de Casablanca,
entre nazis y refugiados,
y, de súbito, aparece ella,
invadiéndolo todo con sus ojos,
en la humosa penumbra de un nightclub.
Ella, que ha elegido seguir amando a Bogey hasta la muerte,
mientras Sam, el pianista negro,
toca de nuevo su inefable "As Time Goes By"
César Cantoni
UN PLÁSTICO TRANSPARENTE
Abrí la puerta y te estabas bañando.
Los vidrios empañados, el ruido del agua
detrás de las cortinas,
las cosas esenciales instaladas
fuera de la razón.
Me llamaste, acercaste la cara
y nos besamos a través del plástico
transparente: fue un instante.
Las parejas y las revistas literarias
duran casi siempre dos números, pensé.
Sin embargo, de a poco,
le fuimos ganando terreno al río:
días interminables en los que el caos
tomaba tu forma para envolverme mejor.
Fabián Casas
miércoles, 27 de noviembre de 2013
MARÍA CRISTINA SANTIAGO/ NOMBRAR EL ACASO
Una
noche salté tan alto
que
casi pongo fin a la inocencia.
En
otoño el corazón flaquea.
Es
casi tonto decir que no hay motivos
si
al filo de la madrugada
aparecen
los sueños ilusorios.
No
tienen historia
y
te hacen olvidar que a la mañana
amontonan
ceniza los fogones.
Te
aman, de rodillas
antes
que la carroza mude
su
dignidad en calabaza. Son
fantasmas
románticos, por cierto,
piden
nada: un beso
sobre
el labio dormido.
La
fatalidad es no advertir a tiempo
que
hay niños vigías
espiando
entre rendijas
los
pasos de ese sueño.
De: Vidrieras de Ámsterdam
jueves, 21 de noviembre de 2013
LAS SENSACIONES EN TRES ESCRITORES
"Alcé los hombros, musité “ahora vuelvo” y me metí en lo
oscuro. Caminé a tientas por la calle empedrada. Encendí un cigarrillo. De
pronto salió la luna de una nube negra, iluminando un muro blanco, desmoronado
a trechos. Me detuve, ciego ante tanta blancura. Sopló un poco de viento.
Respiré el aire de los tamarindos. Vibraba la noche, llena de hojas e insectos.
Los grillos vivaqueaban entre las hierbas altas. Alcé la cara: arriba también
habían establecido campamento las estrellas. Pensé que el universo era un vasto
sistema de señales, una conversación entre seres inmensos. Mis actos, el
serrucho del grillo, el parpadeo de la estrella, no eran sino pausas y sílabas,
frases dispersas de aquel diálogo. ¿Cuál sería esa palabra de la que yo era una
sílaba? ¿Quién dice esa palabra y a quién se la dice? Tiré el cigarrillo sobre
la banqueta. Al caer, describió una curva luminosa, arrojando breves chispas,
como un cometa minúsculo."
Octavio Paz, "El ramo azul"
"No era un aire desligado, no se nadaba en el aire. Nos olvidábamos del límite de su color, hasta parecer arena indivisible que la respiración trabajosamente dejaba pasar. Llovía, llovía más, y entre lluvia y lluvia lograba imponerse un aire mojado, que aislaba, que hacía que nos enredásemos en las columnas, o que mirásemos a los hombres iguales que pasaban a nuestro lado durante muchos días y en muchos cuerpos distintos"
José Lezama Lima, "Fugados"
"Estaba preparado para la aterradora violencia de la luz y el sonido, pero no para la presión, la brutal presión de la atmósfera sumada a la gravedad terrestre, ejerciéndose sobre ese cuerpo tan distinto del suyo, cuyas reacciones no había aprendido todavía a controlar. Un cuerpo desconocido en un mundo desconocido. Ahora, cuando después del dolor y la angustia del pasaje esperaba encontrar alguna forma de alivio, todo el horror de la situación caía sobre él.
Sólo las penosas sensaciones de la transmigración podían compararse a la experiencia que acababa de atravesar. Pero después de la transmigración había tenido unos meses de descanso, casi podría decirse de convalecencia, en una oscuridad cálida adonde los sonidos y la luz llegaban muy amortiguados y el líquido en el que flotaba atenuaba la gravedad del planeta"
Ana María Shúa, "Octavio el invasor"
martes, 12 de noviembre de 2013
EL LIBRO DE LA GUARDA/ANA MARÍA SERRA
conoce su
poder
abre
sus alas enormes
y forma
una carpa sobre mi cuerpo
un nido tibio un descanso
con gestos
voluptuosos
me estiro me
duermo
me sé
protegida
de todo mal
me siento
feliz
hizo escapar
a la monotonía
expulsó la
mediocridad
incendió
lugares comunes
rompió las
moralejas
el dogma
grita desnudo
en las noches heladas
preso
en su jaula de escarcha
no podrá cruzar mi camino
en tanto
él abraza amoroso
mi
sueño sereno
poblado de
fantásticas historias
que canta en
mis oídos
con arrullo
de madre
desprende
ficciones
de su alado
papel
y bebo sedienta
su generosa
entrega
cuando abra
mis ojos
él seguirá
su vuelo
quedarán en
mis manos
varias
páginas blancas
yo
sonreiré empezará
mi aventura
domingo, 10 de noviembre de 2013
MARCO DENEVI/ "EL ESCRIBA FELIZ"
Cuando lo conocí era joven
y, aunque momentáneamente modesto, tenía ambiciones feroces. Prometía, como
suele decirse. Lo alojé en mi casa, le cedí una habitación y un lugar en mi
mesa, le permití que leyese todos los libros de mi biblioteca, hasta le presté
algún dinero.
Al mes ya me recitó su
primer poema. Me ofrecí a pasárselo en limpio y, en tanto lo copiaba, le
corregí las faltas de ortografía, los barbarismos, los errores de sintaxis. Él
simuló no darse cuenta de los copiosos cambios introducidos por mí.
Con el tiempo esa cortesía
de huésped se convirtió en mi oficio. Pero nunca hubo, entre él y yo, pedidos u
ofertas de explicaciones. Así lo mantuve en la ignorancia de las leyes de la
gramática, de la teoría literaria, hasta de la mera dactilografía. Él revisaba
lo que yo había transcripto (y modificado: debe
de tener, en lugar de debe tener,
por ejemplo, o un punto y coma donde él había puesto una coma) y lo aprobaba
con un ademán benévolo. A veces tenía el coraje de interrumpir la lectura y
exclamar: -¡Me salió redondo!
He logrado que sea célebre.
Pero los dos sabemos que me bastaría abandonarlo para decretar su instantánea,
ominosa decadencia, su súbita defunción. Un poema pasado en limpio sin mis
correcciones y él me lo devolverá sintiéndose un poco perplejo: -Se equivocó al
copiarlo, me dirá. Y yo le contestaré humildemente:
-Perdón, Maestro. ¿Dónde me
equivoqué?
Y ese dedo errático con el
que en vano tratará de señalar mis errores, esos balbuceos de su voz, esa
angustia o esa cólera con que me amonestará: -No importa, pero la próxima vez
tenga más cuidado- me proporcionarán la única felicidad que podemos paladear
los hombres de mi profesión.
viernes, 8 de noviembre de 2013
CLARICE LISPECTOR/ "UN CASO COMPLICADO"
Pues sí.
Cuyo padre era amante,
con un alfiler de corbata, amante de la mujer del médico que había tratado a su
hija, quiero decir, de la hija del amante, y todos lo sabían, y la mujer del
médico colgaba una toalla blanca de la ventana, que quería decir que el amante
podría entrar, o una toalla de color, y él no entraba.
Pero me estoy
confundiendo toda y el caso es muy complicado; voy a ver si puedo
desentrañarlo. Algunas cosas son inventadas. Pido disculpas porque además de
contar los hechos yo también adivino y escribo lo que adivino. Yo adivino la
realidad. Pero esta historia no es de mi cosecha. Es de la zafra de quien puede
más que yo.
Pues la hija tuvo
gangrena en la pierna y tuvieron que amputarla. Jandira tenía diecisiete años,
era fogosa como un potro joven y de cabellos hermosos; tenía novio. Pero el
novio vio la figura con muletas, muy alegre (alegría que él no vio que era
patética), y tuvo la osadía de simplemente deshacer el noviazgo, que novia
desfigurada no quería. Todos, hasta la sufrida madre de la muchacha, le
imploraron al novio que fingiera amarla todavía, lo que no sería tan penoso –le
dijeron- porque era a corto plazo: es que la novia tenía corto plazo de vida.
Y después de tres
meses –como si cumpliera la promesa de no pesar en los débiles ideales del
novio-, después de tres meses murió, linda, con los cabellos hermosos,
inconsolable, con nostalgias del novio, y asustada con la muerte como niña que
no, no sé cómo es, todavía no morí, y cuando haya muerto no lo sabré, quién
sabe si es tan oscura. La muerte, quiero decir.
El novio era llamado
por el apellido, Bastos, y al parecer vivía, todavía en tiempos en que la novia
no había muerto, vivía con una mujer. Y con ésta continúo, para seguir
contando.
Bien. La mujer tuvo
celos y mientras Bastos dormía deslizó agua hirviendo del pico de la caldera
dentro del oído de él, que sólo tuvo tiempo de dar un grito antes de
desmayarse, grito ése que podemos adivinar, por lo horrible. Bastos fue llevado
al hospital y permaneció entre la vida y la muerte, ésta en lucha feroz con
aquélla.
La mujer celosa
cumplió un año y poco más de condena. De donde salió para encontrarse
-¡adivinen con quién!-, para encontrarse con Bastos. A esa altura, un Bastos
muy venido a menos y, claro, sordo para siempre, él, que no perdonaba los
defectos físicos.
¿Y qué sucedió? Pues
que volvieron a vivir juntos, amor para siempre.
Entretanto la
muchachita de diecisiete años había muerto hacía mucho tiempo, dejando
recuerdos en la madre. Y si me acuerdo fuera de hora de la joven es por el amor
que siento.
Ahí es cuando entra el
padre de ella, como quien no quiere la cosa. Continuó siendo el amante de la
mujer del médico que había tratado a su hija con devoción. Hija, quiero decir,
del amante. Y todos lo sabían, el médico y la madre de la ex novia. Me parece
que me perdí de nuevo, está confuso, pero ¿qué puedo hacer?
El médico, que sabía
que el padre de la joven era el amante de su mujer, cuidó mucho de la noviecita
asustada con la oscuridad de la que hablé. La mujer del padre, por tanto madre
de la ex novia, conocía las elegancias adulterinas del marido que usaba reloj
de oro y un anillo que era una joya, alfiler de corbata de brillante; era un
negociante próspero, como se dice, pues la gente respeta y halaga largamente a
los ricos, a los triunfadores, ¿no es cierto? Él, el padre de la joven, vestido
con traje verde y camisa color rosa, a rayas. ¿Cómo lo sé? Simplemente
sabiéndolo, con la adivinación imaginadora. Lo sé, y punto.
No me puedo olvidar de
un detalle. Es el siguiente: el amante tenía en la frente un dientecito de oro.
Y olía a ajo, todo su aliento era puro ajo, y a la amante no le importaba,
quería tener amante, con o sin olor a comida. ¿Cómo lo sé? Lo sé, y punto.
No sé qué destino tuvo
esta gente, no tengo más noticias. ¿Se separaron? Pues es historia antigua, y
quizás ya ocurrieron muertes.
Agrego un dato
importante, y que, no sé por qué, explica el nacimiento maldito de toda la
historia: esto ocurrió en Niteroi, con las tablas del muelle siempre húmedas y
oscuras y sus barcas de vaivén. Niteroi es un lugar misterioso, de casas
viejas, ennegrecidas. ¿Allí puede suceder lo del agua hirviendo en el oído del
amante? No lo sé.
¿Y qué hacer con esta
historia? Tampoco lo sé, la doy de regalo para quien la quiera, pues estoy
harta de ella. A veces me aburro de la gente. Después pasa, y otra vez me
siento curiosa y atenta.
Es sólo eso.
miércoles, 6 de noviembre de 2013
DANIEL GONZÁLEZ REBOLLEDO/ EL HALLEY
El rancho nadaba en un mar de patos, blancos, grises,
picazos y algunos negros. Se despiojaban a la luz postrera, aleteando
ruidosamente, y ya secos, como disfrutando de un rito, de un gozo inacabable,
volvían una y otra vez a romper en mil brillos la gema verde del tajamar, y la
pelusa de sus plumas ascendía por el aire tibio de la tarde.
Golpearon las manos contra el alambrado y dos perros
hicieron un claro de ladridos, seguidos de la vieja.
-Juiira…juiiiraa carajo…¿Qué se le´h ofrece?
-Un poco de agua abuela, y descansar; caminamos desde la
ruta porque veníamos de Paraná haciendo dedo, pero como se nos viene la noche
tratamos de buscar una casa, somos estudiantes…
La vieja dejó que se acercaran conteniendo a los perros,
el mar de patos, expectante, se había cerrado otra vez. Los estudiantes
siguieron dando explicaciones de hacia dónde y cómo se llamaban, la vieja y los
perros olfateaban, medían, hasta que los perros, súbitamente, salieron
disparados campo afuera y los patos volvieron a sus plumas. Las de la cola,
sobre todo, daban mucho trabajo, crraauuaaaac, el serrucho del pico alisando
las más largas. Gritos de alguna hembra desbordada por el asedio brutal de
varios machos. Crraaauuaaaac, el serrucho bajo las alas. Las plumitas diminutas
esponjando los reflejos violetas del paisaje.
Después, un viejo banco, la noche entrando en la charla y
el milagro, límpido, destacando primero su gran cabeza y después la miríada de
su cola. El comenta se columpió ahí nomás, sobre el alero.
Los estudiantes se pusieron a explicar cifras, radios,
longitudes. La vieja trató de agarrar un pato para la cena sin escuchar
demasiado. Con sus años, era la segunda vez que veía al Halley; muy chica,
había sido alzada por su padre para ver el prodigio enmarcado entre los sauces
y ahora estos gurises diciendo cosas tan difíciles, cuando este pato no se
termina de quedar quieto, carajo, y estas manos flojas de puro reuma, y las
largas alas del pato levantando viento y plumas y otros patos alborotándose, y
otros vuelos haciéndole volar la pollera, qué vergüenza, pero si lo suelto, y
los pies sin el piso y la pelusa que asciende y la bandada en silencio y la
vieja toda plateada y el rancho encendido de azul, y los dos chicos sin cifras
en su banco celeste, todos entrándose en la cola fantasmagórica del cometa.
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