domingo, 10 de noviembre de 2013

MARCO DENEVI/ "EL ESCRIBA FELIZ"


Cuando lo conocí era joven y, aunque momentáneamente modesto, tenía ambiciones feroces. Prometía, como suele decirse. Lo alojé en mi casa, le cedí una habitación y un lugar en mi mesa, le permití que leyese todos los libros de mi biblioteca, hasta le presté algún dinero.
Al mes ya me recitó su primer poema. Me ofrecí a pasárselo en limpio y, en tanto lo copiaba, le corregí las faltas de ortografía, los barbarismos, los errores de sintaxis. Él simuló no darse cuenta de los copiosos cambios introducidos por mí.
Con el tiempo esa cortesía de huésped se convirtió en mi oficio. Pero nunca hubo, entre él y yo, pedidos u ofertas de explicaciones. Así lo mantuve en la ignorancia de las leyes de la gramática, de la teoría literaria, hasta de la mera dactilografía. Él revisaba lo que yo había transcripto (y modificado: debe de tener, en lugar de debe tener, por ejemplo, o un punto y coma donde él había puesto una coma) y lo aprobaba con un ademán benévolo. A veces tenía el coraje de interrumpir la lectura y exclamar: -¡Me salió redondo!
He logrado que sea célebre. Pero los dos sabemos que me bastaría abandonarlo para decretar su instantánea, ominosa decadencia, su súbita defunción. Un poema pasado en limpio sin mis correcciones y él me lo devolverá sintiéndose un poco perplejo: -Se equivocó al copiarlo, me dirá. Y yo le contestaré humildemente:
-Perdón, Maestro. ¿Dónde me equivoqué?

Y ese dedo errático con el que en vano tratará de señalar mis errores, esos balbuceos de su voz, esa angustia o esa cólera con que me amonestará: -No importa, pero la próxima vez tenga más cuidado- me proporcionarán la única felicidad que podemos paladear los hombres de mi profesión.

2 comentarios:

  1. Creo que casi todos tenemos un "escriba feliz" en nuestra vida.

    Muchas gracias!

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  2. Lo que necesitamos es un corrector apasionado. Yo conozco alguno/a

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