sábado, 1 de febrero de 2014

DINO BUZZATI/ "LA NIÑA OLVIDADA"


La señora Ada Tormenti, viuda de Lulli, fue a pasar unos días al campo, invitada  por sus primos los Premoli. Por el pueblo iba y venía mucha gente. Como era verano, la  sobremesa de la noche se hacía en el jardín, charlando hasta la una o las dos. Una noche  la conversación se refirió a las casas de la ciudad. Había allí un tal Imbastaro, tipo  inteligente, pero antipático. Decía:
—Siempre que dejo mi casa de Nápoles, sucede algo, ¡je, je! —continuaba, riendo  así, sin motivo; ¿o el motivo era, en cambio, hacer daño al prójimo?—. Salgo, por  decirlo así, ni siquiera recorro dos kilómetros, y se sale el agua del lavadero o se  incendia la biblioteca por haber olvidado una colilla encendida, o se meten ratas de los  barcos y devoran hasta las piedras. ¡Je, je!, o en la portería, la única persona que soporta  allí el verano, recibe un golpe seco y por la mañana se la encuentra preparadita para el  entierro, con cirios, el sacerdote y el ataúd. ¿No es así la vida?
—No siempre —dijo con gravedad Tormenti—, por fortuna.
—No siempre, es verdad. Pero usted, señora, por ejemplo, ¿podría jurar haber  dejado su casa en perfecto orden, no haberse olvidado nada? Piénselo bien, piénselo  bien. ¿Exactamente en orden?
A estas palabras Ada se puso del color de los muertos; de repente tuvo un horrendo  pensamiento. Para poder ir a casa de los Premoli había llevado a su hija de cuatro años a  una tía. 0 mejor dicho, había decidido llevarla. Porque ahora, al volver a pensar en ello,  con todo y estar segura de haberlo hecho, no conseguía recordar cómo y cuándo había  llevado a Luisella a casa de su tía. ¡Qué extraño! No recordaba ni cuándo habían salido  de casa juntas, ni el camino recorrido, ni las despedidas en casa de su tía. Como si en su  memoria se hubiese abierto un agujero.
En resumen, la duda era la siguiente: que ella, Ada, se había olvidado de llevar a la  niña a casa de su tía y sin advertirlo, al irse, la había encerrado en casa, Era una  sospecha absurda; pero la imaginación fabrica a veces cosas muy extrañas. Insensato, de  loco, pero bastaba, no obstante, para helarle la sangre en las venas. Con sorpresa la vieron ponerse bruscamente de pie y abandonar la compañía de todos. Uno preguntó a  Imbastaro:
—Perdone, pero, ¿le ha dicho usted alguna cosa desagradable?
—¿Yo? Nada de particular, ¡je, je! No comprendo.
Ada entró en la casa y, sin decir nada a nadie, se dirigió al teléfono. Llamó  urgentemente a Milán, dando el número de casa. Esperó, retorciéndose las manos.
La comunicación se la dieron casi en seguida. En el acto.
—¿Es usted quien ha llamado a Milán, al 40079277
—Sí, sí.
—Hablen.
—¿Hable?
¿Con quién? Al llamar, esperaba que nadie le respondería. ¿No estaba la casa  cerrada y vacía? Si alguien acudía al aparato significaba, por lo tanto, que su primera sospecha estaba fundada, que Luisella se había quedado encerrada dentro. (Aunque  apenas tuviera cuatro años, sabía contestar al teléfono). Habían pasado ya 10 días; hacía  un calor espantoso y en casa Ada no había dejado ni un bocado de comida. ¡El calor! En  los días de la canícula se cuecen los muebles en las casas abandonadas, y se quedan sin  aliento los seres vivos, si permanecen en ellas. Ada se sintió morir. Temblando, dijo:
—¡Oiga!
—Diga —dijo desde Milán una voz de hombre. Y con la velocidad de un relámpago, Ada imaginó lo ocurrido: Luisella, encerrada y  sola en casa, incapaz de abrir la puerta, sus gritos, la primera alarma en el barrio, la  policía, la puerta forzada, la niña enloquecida de miedo.
—Diga. ¿Quién es? —preguntó el hombre.
—Soy yo, la mamá. Pero, ¿quién es usted?
—¿Qué mamá? ¡Yo no tengo mamá! Se ha equivocado de número.
Y colgó.
Ada volvió a llamar inmediatamente a Milán (pero la angustia había ya cedido). Dio  el número exacto, oyó la señal de línea y esta vez nadie le respondió.
Respiró aliviada. Menos mal. ¿Qué estupidez había imaginado? Ante un espejo se  puso unos pocos polvos y salió afuera al jardín. La miraron, pero nadie dijo nada.
Sin embargo, cuando se acostó y en la enorme casa de campo se estableció el  plúmbeo silencio de la noche y solamente por la ventana entornada entraban las voces  de los grillos, volvió a sentir miedo. En aquella hora imaginó a la niña, muerta de calor  y de hambre que, de rodillas, agarrada al pestillo de la puerta y con los ojos  desorbitados, lanzaba sus postreros lamentos. Pensó que, en el peor de los casos, alguien  debía de haber oído sus gritos. Otra voz, pérfida, objetaba: si alguien la hubiese oído, ya la habrían socorrido; ya han pasado 10 días y a estas alturas te habrían avisado. Pudo  ocurrir también que los pisos contiguos estuvieran desocupados en este período de vacaciones. La portera, cinco pisos más abajo, ¿qué podía oír?
Miró el reloj, eran las cuatro. A las seis salía un tren. Ada saltó de la cama, se vistió,  hizo la maleta. Acaso empieza así la locura, se dijo. Pero no podía contenerse.  Dejó una nota excusándose, Cautelosamente salió, abrió la puerta del jardín y se  dirigió a la estación. Había cuatro kilómetros de camino.
Cuanto más avanzaba él tren, mayor era su angustia. Llegó a Milán hacia las tres de  la tarde. La ciudad ardía en un halo de polvo tórrido y húmedo. Balbuceando, dio al taxi la dirección.
¡Por fin, su casa! No se notaba nada anormal. Las persianas del piso estaban todas  bajadas, como las había dejado días antes.  Pasó corriendo ante la portería. La portera le hizo el acostumbrado saludo. Bendito  sea Dios, pensó Ana. Ha sido todo una pesadilla, nada más.
Silencio y quietud en el rellano del quinto piso. Pero, ¿por qué temblaba tanto su  mano al introducir la llave en la cerradura? Se descorrió el pestillo. Al abrirse la puerta,  salió un vaho caliente y denso.
De pronto, cuando abrió la puerta interior, Ada sintió en el pecho un nudo doloroso;  porque, un poco por encima de su cabeza, flotó, ansioso de huir, un pequeñísimo e  incomprensible humo, una minúscula nubecilla, oblonga y pálida, que no despedía olor.

Corrió a la ventana del recibidor, abrió los postigos y se volvió.  Sobre el suelo, a dos metros de ella, se veía algo, como una larga y recortada  mancha, pero de notable espesor. Se acercó, la tocó con el pie. Cenizas. Estaban  esparcidas uniformemente como formando una especie de dibujo. Aquel nudo que tenía  en el pecho se hizo fuego, infierno. Las cenizas tenían exactamente la forma de Luisella.








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