un punto
en el espacio
diminuta pizca
de energía
desvanecida en el sol
transformada por las nubes
en una gota de lluvia
azotada por el viento
mecida por las olas
despierta
absorbe la brisa fresca
un punto
en el espacio
diminuta pizca
de energía
desvanecida en el sol
transformada por las nubes
en una gota de lluvia
azotada por el viento
mecida por las olas
despierta
absorbe la brisa fresca
a menudo la primavera
llega con algunos dioses
huelen con fruición
el perfume del aire
ocupan todo el espacio
se pasean por el mar
blindado de plata
a veces
los dioses parecen demonios
reposan en las ruinas
bajo un áspero cielo azulado
en vano los ojos humanos
tratan de retener las gotas
los colores tiemblan en las pestañas
el paisaje borroso
se pierde en el horizonte
el mar esparce
breves suspiros sobre las rocas
por un instante
la mañana detiene
su aire con cristales
las voces de los pájaros
estallan la transparencia
Cuatro relatos largos integran este libro de Andrés Barba. Sus protagonistas, una mujer
adulta que asiste al ocaso de su madre, una adolescente autodestructiva, un homosexual
cincuentón y un maratonista obsesivo.
El hilo conductor de estas nouvelles es el cuestionamiento personal extremo que deriva -ya
sea por complejo de inferioridad o por desprecio hacia los demás- en la incomunicación y el
miedo -la fobia- hacia el mundo exterior, en el que se incluyen los seres más cercanos.
“Filiación”, se llama el primer cuento,en el que la protagonista carece de identidad. No
sabremos nunca su nombre, sí el de su madre -aunque el calificativo Mamá suena
intimidante a través de la historia-.
Sin embargo, conocemos el nombre de sus hermanos, María Fernanda y Antonio -la madre
ha combinado su nombre, María Antonia, en esos dos hijos, como una deliberada muestra
de ignorancia hacia la hija que finalmente es la que debe asistirla en sus últimos
momentos.
El miedo hacia la madre, el autodesprecio, la culpa y el rencor envuelven la historia, con
ciertos respiros -mínimos- dados por la relación entre la protagonista y Manuel, su marido..
En “Debilitamiento”, Sara -una niña de diecisiete años- pasa sucesivamente por etapas de
asco por su cuerpo, menosprecio por su madre, comportamiento mezquino y
deliberadamente agresivo hacia su mejor amiga, hasta desembocar en su negación a
alimentarse como una manera de castigar a su entorno familiar.
Luego sobreviene la huída y casi una metamorfosis que la animaliza, hasta que es
internada en un lugar de supuesta recuperación de jóvenes anoréxicas.
Sara es un personaje sin salida , en ningún momento despierta la solidaridad o la
conmiseración del lector, aunque al final revela cierta debilidad al descubrir la traición de
otra adolescente a quien creía haber dominado.”
“Nocturno “, el tercer relato, coincide con el primero en el sentido de que su protagonista no
tiene nombre, sí los otros personajes. De esta manera, el narrador lo tipifica. Es un
homosexual de mediana edad, un solitario que al parecer busca el amor, la compañía. El
artefacto - una revista de encuentros sexuales- será el vínculo para conocer a Roberto, un
joven simple, sin los prejuicios y ataduras del personaje principal.
En realidad esos prejuicios y ataduras son el resultado de la inseguridad y a la vez la
soberbia de un hombre maduro que ha tenido que vivir con culpa su sexualidad. Y esa culpa
lo hará terminar la relación y volver a la soledad, esta vez de una manera amarga.
Con “Maratón” finaliza el libro. Ya el lector se ha acostumbrado a un protagonista sin
nombre, una persona que -tal vez- podría englobarse en un conglomerado de seres que
como él -en este caso, un corredor de maratones- se sienten insatisfechos, y que su único
escape es correr. Los otros dos personajes que se incluyen en el relato, Diana y Ernesto,
son, respectivamente, la esposa y otro maratonista.
La insatisfacción, el desdén hacia su mujer, la superioridad que le marca el acto de correr
que identifica con la libertad; la desconfianza en quien creía un igual, el deseo de venganza,
y en el final, la revelación de Ernesto que sin embargo no lo hace ver su propia realidad, son
tópicos que aparecen en la historia.
Hay una semejanza entre el maratonista y la adolescente auto destructiva, los une la mirada
que sobrevuela a los seres más íntimos de su entorno, una mirada negativa, de personas
tóxicas, Un elemento que se repite en ambos relatos es el parque como refugio, como lugar
en el que pueden ser libres, cada uno desde su problemática.
Éste es uno de los primeros libros de Andrés Barba; un texto que atrapa, que nos mueve a
la reflexión, que no será fácil de olvidar.
LAS CASAS
TIENEN VIDA.
Comentario de
la novela El último día de la vida anterior, de Andrés Barba.[1]
“Nunca le ha
gustado indagar, husmear, pedir explicaciones. Le gusta su trabajo en la
inmobiliaria y poco más. Es una especie de don, igual que otras personas tienen
el de hacer un deporte o una destreza musical. Desde muy joven, percibe las
casas como en un reflejo automatizado, sabe cómo son al instante, con sólo
poner un pie en ellas. Donde para la mayoría de la gente no hay más que cemento
o ladrillo, para ella hay cuerpos, caracteres, una carne íntima y moldeable. Y,
sin embargo, a diferencia de las casas, las personas que viven en ellas le
parecen casi siempre irreales, sus sentimientos y rostros, inaccesibles. Tal
vez, ha llegado a pensar, las casas son sólo un pretexto, un puente para tocar
aquello que no puede tocar en las personas”.
La casa, el
lugar en que otros habitaron antes, el lugar en el que vivimos ahora. Un
espacio que es
la proyección de nuestro ser y que, deshabitada, pareciera ser una caja de
resonancia de otras vidas.
Muchos autores
han sentido fascinación por este tema y así lo han expresado en textos
inolvidables.
Andrés Barba,
en su novela El último día de la vida anterior, aúna con maestría el
pasado y el presente como tiempos paralelos y a la vez equidistantes.
Un encuentro inesperado
-en una casa en venta- entre la protagonista, una empleada de inmobiliaria, con
un extraño niño de otro tiempo, le sirve para ir desatando el nudo
gordiano de su propia vida y a la vez presta auxilio para resolver el recuerdo
de un hecho traumático para el niño.
El relato los
enfrenta en un vórtice temporal donde las acciones parecieran repetirse hasta
el hartazgo.
Con una
escritura precisa, poética por momentos, este texto deslumbra al lector. Lo
fantástico se cuela por los intersticios de lo real en un ir y venir ondulante,
sin altibajos.
Para la
protagonista la casa es un ser viviente; las personas son vehículos que dejan
estampados en las paredes sus sentimientos. Cuando se marchan definitivamente
de las viviendas, éstas han absorbido tales emociones y ella, como empleada
eficiente, los sabrá detectar:
“Las casas -le
gusta añadir a veces- deben reírse de la ilusión de que sus dueños las poseen.
Nada se lo recuerda tanto como el hecho de estar ahí en esos momentos en que
han quedado vacías (…) Le basta asomarse al dormitorio para saber qué lado de
la cama recibía siempre el sol al amanecer, entrar en una casa para percibir
algo ofuscado en ese recibidor (…) Allí vivió alguien infeliz, ¿por qué? Porque
el parqué no está quemado bajo la ventana del salón, señal de que nadie abrió
esa cortina. Allí vivió alguien dichoso, ¿por qué? Porque se cocinó
primorosamente en ese horno gastado. Puede que se equivoque, no importa
demasiado. Lo importante es que, incapaz como es para tocar a las personas en
su vida real, las toca en esos estadios intermedios…”
Como mencioné
anteriormente, “la casa” ha sido abordada, como protagonista o como testigo
fundamental en muchas novelas y cuentos. Recordé dos textos luego de haber
leído esta novela: La casa del ángel, de la escritora
argentina Beatriz Guido y Viaje a la semilla, del escritor cubano
Alejo Carpentier.
En la novela de
Guido[2] la casa de una familia
patricia de Buenos Aires es el marco de una historia plena de ocultamientos,
prejuicios, prohibiciones, sobre todo de la madre hacia sus tres hijas. La
estricta formación religiosa -católica - basada en la culpa, sobre todo para la
represión sexual, perturba a Ana, desde su preadolescencia.
La descripción
de la casa, con los frescos pintados en los cielo-rasos como la famosa estatua
del ángel que se exhibe en la entrada, crean un clima misterioso y asfixiante:
“Nuestra casa
queda en la calle Cuba, en la esquina de Sucre; su estilo es el de un decadente
fin de siglo, con un ángel de piedra en la terraza del primer piso”
“…El parque,
con una verja de lanzas doradas, la abraza por los cuatro costados “
“…un balcón con
balaustrada de cariátides, cubiertas de hiedra, me permitía entonces asomarme a
la calle”
“Nuestra madre
abrió la puerta principal que tiene dos leones de marfil en las mirillas,
insignia de la familia de mi padre, y penetró en la casa”
“Alguien verá
el cielo raso reflejado en sus ojos “, me había dicho en voz baja Victoria.
La primera
sensación fue de vergüenza. El cielo raso de mi cuarto reflejaría en mis ojos
las ninfas desnudas, los guerreros árabes y el baño de Leda”
La casa refleja
la vida de Ana, un espacio lleno de misterio, alusiones eróticas, prejuicios y
miedos.
La casa como el
mundo donde se alojan los personajes, el espacio exterior es apenas un
pantallazo, en general, adverso. La casa es el refugio y a la vez el lugar que
preanuncia la solapada tragedia y el destino inexorable.
“Viaje a la
semilla”, novela corta de Alejo Carpentier[3], cuenta de manera
retrospectiva la demolición y posterior reconstrucción mágica de la casa de una
familia poderosa, la del marqués de Capellanías, que ocurre luego de la muerte
de su dueño. En esa reconstrucción el marqués vuelve a la vida y luego, como en
un friso, se relatarán los avatares de su casamiento, su juventud,
adolescencia, niñez, hasta su momento de semilla en el útero materno. Y en esa
transformación el lector asiste a los cambios, según la época, de la casa. La
casa “crece” y “madura” como su dueño.
“Confusas y
revueltas, las vigas del techo se iban colocando en su lugar. Los pomos de
medicina, las borlas de Damasco, el escapulario de la cabecera, los
daguerrotipos, las palmas de la reja, salieron de sus nieblas”
“Cuando los
muebles crecieron un poco más y Marcial supo como nadie lo que había debajo de
las camas, armarios y bargueños, ocultó a todos un gran secreto: la vida no
tenía encanto fuera de la presencia del calesero Melchor…”
La casa
contiene la vida de Marcial, es una especie de segunda piel, la casa y el
protagonista, una identidad.
“Y poco a poco
también ella controla esa sensación de que no haya aire en el aire. Sin dejar
de oír su respiración, aprende el modo de restarle importancia, hasta que de
pronto queda sumergida, envuelta en un flujo innecesario. Más que satisfacción,
siente sólo el automatismo del gesto: abre la boca y succiona la nada, deja que
la nada salga de su interior. Y entonces se produce una especie de
euforia, le parece que ha esperado siempre este instante, que lo que ha hecho
hasta ahora no era más que el prólogo de este gesto: el verdadero respirar “
En ese otro lado del “bucle espacio-temporal “que implica vivir en la casa, la protagonista, convertida en testigo del drama familiar, juega el rol de nexo restablecedor de la familia. La nada implica el todo, y la casa también ha cambiado su vida.
El más libertino de los escritores
japoneses y el mejor escritor de los libertinos japoneses, así define Carlos
Rubio a Nagai Kafu.
Comenta que su genialidad radica en el
lirismo evocador del Japón que desaparecerá hacia 1930 y en su “extraordinario
sentido de la estructura narrativa”.
La identidad de su obra literaria se
basa en una prosa ligera, propia del Japón premoderno, en su admiración por la
literatura francesa y por el Tokio del pasado.
Supo combinar de manera genial pasado y
futuro, Confucio y Maupassant, Oriente y Occidente, y situar sus historias en
los bajos fondos de Tokio durante las primeras décadas del siglo XX.
Un extranjero en su propio país, a su
regreso de la experiencia vivida en Estados Unidos y en Paris, sabrá aportar
universalidad a su obra, será un cronista lírico e imparcial de la vida en las
callejuelas de Tokio, donde se desdibujaba y se hundía en medio del fragor de
la Modernidad japonesa la cultura de Edo.
Las dos novelas que forman parte de
este libro que lleva como título el de una de ellas[i], tienen como personajes
fundamentales a dos prostitutas, sin bien en ambas también es muy importante la
figura del intelectual escritor, fascinado por ese mundo y esos personajes.
El primero de ambos textos, Durante
las lluvias, la protagonista es Kimie, una especie de versión femenina
del escritor, según apunta Rubio. Una camarera o prostituta sin licencia,
empleada en un café en donde los hombres de buena posición tienen citas
amorosas con las empleadas. En la novela se comenta que en ese momento ya no
hay diferenciación entre geishas y camareras, y también se destaca que
Kimie no ejerce su oficio por apremios económicos o por una vida desdichada,
sino por gusto.
La joven huyó de su pueblo para evitar
un matrimonio que no le agradaba y llega a la gran ciudad para desempeñarse
como oficinista, pero ese empleo la aburre y decide seguir los pasos de su
amiga Kyoko.
Kimie había decidido ser libre, no
atarse a ningún hombre y a la vez disfrutar de la vida sexual, prefería tener
aventuras pasajeras, no importaba si su acompañante fuese joven o viejo,
apuesto o feo y tampoco le interesaba el dinero, así no habría complicaciones.
La novela comienza con una somera
descripción de la personalidad de Kimie, para pasar a resaltar que en ese
momento de su vida (tiene diecinueve años), está preocupada por ciertas
experiencias perturbadoras: el corte sorpresivo de una de las mangas de su
kimono mientras caminaba con unas compañeras, la sustracción de una peineta
engastada con perlas auténticas sin que ella lo notara, la aparición de un
pequeño gato muerto en el armario de su habitación y de un artículo
periodístico en una publicación de poca monta, donde se la mencionaba,
resaltando que ella tenía tres lunares en su muslo izquierdo.
Esto la alarmaba, ya que solamente dos
caballeros conocían la existencia de esos lunares. Uno era un anciano con quien
había mantenido relaciones antes de ser camarera, el otro, un escritor, Susumu
Kiyoka, quien había aumentado su popularidad desde que ella lo conociera en la
cafetería.
Kimie es un ser libre, ha elegido esa
vida y está satisfecha con su elección. Cree que su relación con Kiyoka ha
llegado a una meseta, por lo que espera que terminen como amigos. Es por ello
que no duda en pasar una noche con el señor Yata.
Aunque Kiyoka no sabe esto, la descubre
coqueteando con un señor mayor en la calle, y luego presencia el alegre
encuentro entre la pareja con Kyoko, que ha cambiado su nombre por Kyoha.
Indignado, decide vengarse; aquí
entonces queda al descubierto que quien tramó esas circunstancias que asustaron
a Kimie, fue Kiyoka. Actuó como un amante despechado.
Pero Kimie no sospechará sobre él.
Este personaje, un intelectual que
viene de una familia de intelectuales y que se ha separado de su esposa, la que
a su vez está divorciada de su primer marido, tiene un comportamiento casi
adolescente.
Su padre, un hombre con férreas
costumbres tradicionales, ha llegado a apreciar a Tsuruku, su ex nuera, casi
como a una hija. Ella es una mujer discreta, culta y afectuosa.
El narrador presenta los hechos, un
observador que no juzga. De todos modos, lleva al lector a tomar partido por
Kimie, su autenticidad, desprejuicio e inocencia. Cualidades de las que carece
Kiyoka, ganado por los celos y tramando venganza.
Si bien el narrador por momentos se
transforma en omnisciente, nunca abandona su objetividad.
Por eso la maestría con la que nos va
descubriendo la obsesión de Kiyoka por Kimie, un sentimiento enfermo en el que,
rencoroso, se vale de la ficción. Se podría afirmar que Kofü apela a lo que se
denomina la técnica del “pliegue barroco” a través de su personaje. Efectivamente,
Kiyoka recurre al ejemplo de una novela de Balzac para justificar una probable
venganza que será deducida por la propia Kimie, su víctima.
A partir del momento en que la muchacha
resulta herida, en una noche lluviosa y en un lugar desconocido, comprenderá el
peligro ante el amante despechado; su vida despreocupada y libre se verá
acotada y pensará de debe regresar a su pueblo.
Hacia el final de la novela, el
encuentro con el “tío“ Kawashima, enfermo y sin posibilidad de recuperación, se
revelará como un momento de ternura, donde una bondadosa Kimie se dejará llevar
por la bebida y la necesidad de afecto.
El lector percibe que los tiempos están
cambiando, la lluvia y la noche son el marco para la descripción desapasionada
de un ambiente hostil y la toma de conciencia de la joven, que ya no podrá
hacer lo que quiera con su vida, su futuro probable será rendirse ante el canon
social de una muchacha común.
El título de la novela marca el quiebre
entre la vida de Kimie y sumerge a Kiyoka en la oscuridad.
Si bien en los dos textos que conforman
esta edición los protagonistas son prostitutas y escritores, en Durante las
lluvias hay una mirada negativa hacia el intelectual atado a prejuicios,
egoísta, vengativo e insatisfecho. Y una mirada nostálgica hacia la
protagonista, que había decidido ser libre sin perjudicar a nadie, pero esto no
fue posible.
desenterrar la palabra
pulir la suciedad del escondrijo
dejar que vea la luz
abrir la ventana de mi esencia
sacudir la fibra oculta
y dejar que fluya el sentimiento
como un pequeño manantial
entre las rocas de mi caparazón