jueves, 16 de enero de 2014

EZEQUIEL PRADO/"TODO LO QUE SEA POSIBLE CREER ES UNA IMAGEN DE LA VERDAD"

Hace mucho he venido a salvarlos y hoy ustedes, a ejecutarme.
No los culpo, el hombre disfruta como la comadreja.
La furia se ha comido los órganos de todos. La furia que es precisamente la más hambrienta, la que se jacta de hacer justicia por todos. No le han dejado ni los órganos y  no lo advierten; igual debo comprenderlos, debo comprender este acto de furia, que ha hecho que viniesen este  mediodía donde el viento susurra sus más tristes canciones. Los veo. En el fondo, demolidos, apesadumbrados  por hacer lo que alguien que no está presente les ha obligado a cometer; veo sus caras gachas, sus manos aferradas unas a las otras, han venido todos. ¿Están todos porque desean ver al fin mi cadáver, o  han llegado porque en verdad vienen a despedirme… o en el fondo, a perdonarme?
 Los chimangos gritan en el cielo; es imposible no levantar la cabeza, imposible no distraerse en el camino.  Pero yo no los miro. Hay pueblos  que desean ser mirados desde arriba,  como ahora mis pies sobre estas tablas; enfoco mis ojos en él, que  no está tan lejos de la alta tarima.  Ernesto tiene la gorra entre sus manos. Tiempo atrás me ha confesado sus robos. Lo he perdonado en nombre de Cristo y así su peso se volvió leve. Hipólito, con su fiel sombrero de ala que protege  su cabeza de melón,  con su saco negro largo, su cara de bonachón y su bastón de marfil, a pesar de todo lo que llegó a poseer quiso más. Y en el nombre de Cristo  lo he perdonado, por eso su peso se volvió leve. 
No muy lejos de ellos, pero cerca de mí, para ver cómo caigo, cómo es verdaderamente un muerto  y cómo después sus articulaciones se parecen a las de un títere sin titiritero. Siento sus deseos de venganza, más que de venganza, de traición, sin que sepan lo que verdaderamente es este acto, y los entiendo, entiendo que quieran ver muerto aquello que les dio vida.
 Paloma, ahí está la niña de trece años, que lleva un pañuelo blanco en la cabeza, al lado de su madre indiferente, que se ha comido la ostia como un caníbal come un pedazo de carne humana;  ¿y quién escuchó a Paloma sin juzgarla, sin poner en duda su inocencia y su sentimiento de náusea? Yo, Emiliano.  Porque Paloma, antes de animarse a venir a mi lado no encontraba a nadie  para confesarle que el padre la obligaba a que lo tocara, como se tocan las ubres de las vacas. Y yo, Emiliano,  hablé con el padre y en el nombre de Cristo lo he perdonado y el peso de ambos se volvió leve.  Antes de que caiga, o de que la soga ignorante me aferre y me estrangule,  no puedo dejar de mirar a la señora Ofelia, adornada con ese collar de perlas, abrigada con las pieles de panteras negras y con un gorro emplumado, ahora junto a todos, dispuesta en la multitud, entregada a la multitud y a sus pedidos. Pero cuando vino a mí y me pidió que la preservara de este lugar  que sentía tan bajo y tan sucio para alguien de su estirpe o al menos que salvara su alma, yo en nombre de Cristo la perdoné y su soberbia se volvió leve. Y ahora ha venido a presenciar mi muerte.   Ambrosio, qué decir del gordo Ambrosio que estaba condenado por sus padres a llevar ese apodo  y  ahora lo veo con la mano sobre la boca del estómago como si mi presencia le provocara asco, y cuántas veces me confesó que podía comer hasta morir sin que nada le hiciera daño. Y yo en nombre de Cristo lo he perdonado.  Y por último, Argelina, dulces ojos que se ennegrecían al mirar las cosas de los demás  mientras culpaba a Dios por no tenerlas, por haberla privado de ellas. Y yo, en nombre de Cristo la perdoné y sus ojos dejaron de mirar afuera para prestarle atención a su interior  y esos mismos ojos se volvieron dulces; pero ahora, cuando me observa como si mirara a un leproso, esos mismos ojos vuelven a ennegrecerse.
 Nadie habla. Todos condenan. Solamente se escucha en el mediodía de ultratumba el ruido que producen los pies de la multitud, que se mueven de un lado a otro, tal vez por  frío, tal vez por  nervios, tal vez… por impaciencia. Los he perdonado a todos, y ahora ninguno me perdona.  Condenado por la furia, ajusticiado por la furia. Te han traído para que veas cómo se mata lo que no se comprende.

Mi futuro Adonis llora, sabiendo que sus lágrimas ya me están perdonando.

1 comentario:

  1. Asombroso relato sobre la inútil búsqueda de la salvación humana.

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