lunes, 11 de febrero de 2013

METAMORFOSIS- Ana María Serra




¿Policial negro, novela de terror, cuento maravilloso?, no importan las clasificaciones. Un lector que apela a la trama atrapante para dejar el vacío, la indiferencia, el tedio, el miedo, fantasmas urbanos que lo persiguen día a día. Se mete en el envase de la ficción, se deja llevar
La historia presenta –en principio-  un tipo cualquiera; no cuenta mayores detalles de su pasado aunque en pocos trazos lo esboza cruel, ilimitadamente ambicioso, violento. Un bestial vampiro con pelos y garras que despliega paraguas con púas y se alista expectante a que llegue su presa
El escenario en el que este ser comete sus atropellos es una ciudad sin vida, fondo negro como marco de sojuzgamiento; la náusea, el sentimiento generalizado que todo lo invade como la cobertura de un manto húmedo.  Es el imperio del vencedor al cual todos, sin excepción, deberán someterse.
Ha llegado el momento. El poderoso se cobrará una nueva víctima. Y cuando ésta aparece, se paraliza ante la ferocidad y la desigualdad de su oponente. Mide su notoria debilidad y fascinada (quizá porque presiente que será atrapada en esa capa nervuda, red de intriga y corrupción), empuña su mirada como única arma de orgullo vencido.


En toda guerra hay dos bandos. Pero ésta no es una guerra, es una cacería en la que solamente hay dos seres demasiado desiguales en fortaleza, por lo menos a primera vista.
Voy a fagocitarte porque ése es mi deseo, quiero ver tu gesto de terror antes de que desaparezcas entre mis fauces, le dice el victimario. El otro, como cualquier ser común que ya ve jugado su destino, se permite una mueca de ironía, ¿y si se transformase en el primer héroe? ¿Y si lo enfrentara de alguna manera?


Lamentablemente, nuestro lector  queda en ascuas, porque el escritor ha resuelto que el final quede en sus manos (si por alguna casualidad decidiese continuar la historia por escrito). Y aquí puede producirse otra disyuntiva: ¿se atreverá el lector anónimo a proseguir ese relato?, ¿podrá determinar el destino de ese personaje, asumir la postura de demiurgo que el primer creador no quiso adjudicarse?
Entrar en la trama y quedar encerrado en esa red de palabras ajenas o quizá en las de su propia urdimbre, vacilar entre dos espejos enfrentados, la realidad que vive y la ficción que no puede dejar. Criatura débil, sapo deslumbrado que tal vez se convierta en príncipe con un solo gesto de valentía, sin previo beso de una doncella.
De algo sí que está seguro, y es que, si decide continuar la historia, nunca más volverá a ser esa persona que hoy, por un momento, quiso dejar el vacío, el tedio, el miedo, esos fantasmas urbanos.
                                                           Ana María Serra.-



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